Adivinamos con anticipación la existencia de las aldeas todavía invisibles, por las procesiones humanas que afluyen á ellas. Mujeres de larga cola bajan á llenar en el borde nilótico el último cántaro del día. Las norias lanzan sus postreros chirridos. El fellah entona con voz melancólica las estrofas finales del cántico del agua. Todavía suben y bajan en las riberas los brazos innumerables de los chadufs, norias á mano de cangilón único, largas perchas en forma de balancín, que el campesino egipcio maneja con rápida habilidad, sacando cubos llenos para hacerlos caer en la pequeña acequia situada dos metros más arriba.

Suenan en la atmósfera azul los últimos estremecimientos de un trabajo que viene repitiéndose, junto al Nilo, hace ocho mil ó diez mil años, siempre en la misma forma, con igual resignación fatalista ante la Naturaleza y el Destino. Del fondo de este curso acuático eternamente nutridor va surgiendo un vaho que envuelve personas y cosas, dando un temblor fantasmagórico á sus líneas y una pátina violeta á sus colores.

La hora es de cristal, y todo vibra, comunicando á la atmósfera sonoridades que vencen los obstáculos de la distancia. Oímos con claridad voces de hombres que marchan por las riberas, pequeños como hormigas; ladridos de perros invisibles en el interior de aldeas lejanísimas que parecen escapadas de una caja de juguetes. Suenan cercanos, como ruidos de nuestro propio buque, la caída de un remo en una barca oculta entre las cañas, el relincho de un caballo hundido hasta el vientre en las vegetaciones de un pantano.

Nos cruzamos con un vapor semejante al nuestro, que lleva ya encendidas todas las luces eléctricas de sus salones. Cae la noche con la instantaneidad violenta de los países tropicales.

Mañana, al salir el sol, estaremos en Filaé.

XVI
EL LAGO DE FILAÉ

El Nilo clásico y el mecanismo de sus inundaciones.—Ceremonias populares al elevarse las aguas.—Inconvenientes y ventajas del gran dique de Assuan, que forma el lago de Filaé.—Las cataratas del Nilo no existen.—La barca, sus remeros y el hermoso fetiche cantor.—Inquietudes de los padres musulmanes.—El trabajo egipcio hecho á coro.—Los templos sumergidos de la isla de Filaé.—Aspecto relativamente europeo de Assuan.—Creemos estar ya en nuestra casa.—Los espantamoscas y la más terrible de las plagas de Egipto.—La noche en Luxor.—Vuelvo á encontrar la exuberante abundancia de marfil y resuelvo definitivamente mis dudas.

Si el Nilo no existiese, sería Egipto una continuación del desierto de Sahara hasta la costa del mar Rojo. Gracias al río nutridor ha podido decirse, desde los tiempos de Herodoto, que «Egipto es un don del Nilo».

Esta nación milenaria consiste en un larguísimo oasis entre dos mares de arena. A su derecha se extiende el desierto Arábigo, llamado así por resultar una prolongación de la Arabia Pétrea, situada en la orilla opuesta del mar Rojo. A su izquierda el desierto de Libia, en el que se alzan las célebres Pirámides de Gizéh, es llano como una mesa, y los oasis que existen en su superficie tabular ofrecen la particularidad de estar tallados en hueco, hallándose algunas veces sus hondonadas de campos feraces más abajo del nivel del Mediterráneo.

Casi toda la población egipcia vive aglomerada en el valle nilótico, espacio que apenas representa el cuatro por ciento de los territorios del actual reino de Egipto. El noventa y seis restante puede decirse que está casi inhabitado, pues sólo mantiene bandas errantes y poco numerosas de beduínos.