Ferragut concentraba su atención para comprender lo que Tòni quería decir.

—Si triunfa Inglaterra—siguió diciendo el piloto—, será de moda la libertad. ¿Qué me importa su soberbia, si siempre ha de existir un pueblo soberbio?... Las naciones copiarán seguramente al que gane... Inglaterra, según dicen, es una República que se paga el lujo de un rey para las grandes ceremonias. Con ella serán de rigor la paz, el gobierno desempeñado por los paisanos, la desaparición de los grandes ejércitos, la verdadera civilización. Si triunfa Alemania, viviremos como en un cuartel, gobernará el militarismo, criaremos hijos, no para que gocen de la vida, sino para que sean soldados y se hagan matar en plena juventud. La fuerza como único derecho: esa es la moda alemana; la vuelta á los tiempos bárbaros bajo una careta de civilización.

Calló un instante, como si recapitulase mentalmente todo lo dicho, para convencerse de que no había dejado ninguna idea olvidada en los rincones de su pensamiento. Después se golpeó el pecho. El estaba donde debía estar, y le era imposible obedecer á su capitán.

—¡Soy republicano!... ¡soy republicano!—repitió con energía, como si luego de dicho esto no necesitase añadir más.

Ferragut, no sabiendo qué contestar á su entusiasmo simple y sólido, se entregó á la cólera.

—¡Márchate, bruto!... ¡No quiero verte, mal agradecido! Yo haré las cosas solo: no te necesito. Me basto para llevar el buque allá donde me plazca y cumplir mi santa voluntad. Aléjate con todas las mentiras viejas de que te han atiborrado el cráneo... ¡ignorante!

Su rabia le hizo caer en un sillón, volviendo la espalda al piloto, ocultando su cabeza entre las manos, para dar á entender con este silencio despectivo que todo había terminado.

Los ojos de Tòni, cada vez más hinchados y vidriosos, acabaron por soltar una lágrima... ¡Separarse así después de una vida fraternal en la que los meses valían por años!...

Avanzó tímidamente para apoderarse de una de las manos de Ferragut, blanda, desmayada, inexpresiva. Su frío contacto le hizo vacilar. Se sintió inclinado á ceder... Pero inmediatamente borró esta debilidad con el tono firme y breve de su voz:

—¡Adiós, Ulises!...