El capitán no le contestó, dejando que se alejase sin la menor palabra de despedida.

Se hallaba ya el piloto junto á la puerta, cuando se detuvo para hablarle con una expresión doliente y afectuosa:

—No temas que diga esto á nadie... Todo queda entre los dos. Inventaré un pretexto para que la gente de á bordo no se extrañe de mi marcha.

Vacilaba como si tuviese miedo á parecer importuno, pero añadió:

—Te aconsejo que no intentes ese viaje. Sé cómo piensan nuestros hombres: no cuentes con ellos. Hasta el tío Caragòl, que sólo se ocupa de su cocina, te criticará... Tal vez te obedezcan porque eres el capitán, pero cuando bajen á tierra no serás dueño de su silencio... Créeme: no lo intentes. Vas á deshonrarte... Tú sabrás por qué causa... ¡Adiós, Ulises!

Cuando éste levantó la cabeza, el piloto ya había desaparecido. La soledad pesó de pronto con una gravitación mortal sobre su pensamiento. Sintió miedo á realizar sus planes sin el auxilio de Tòni. Le pareció que se había roto la cadena de autoridad que iba desde él á sus gentes. El piloto se llevaba una parte del prestigio que Ferragut ejercía sobre los tripulantes. ¿Cómo explicar su desaparición en vísperas de un viaje ilegal que exigía gran reserva? ¿Cómo asegurarse del silencio de todos?...

Quedó pensativo largo rato, y de pronto abandonó su sillón, saliendo á la cubierta.

Dió un grito á los marineros que trabajaban en la limpieza: «¿Dónde está don Antonio? ¡A ver: uno que le llame!»

¡Don Antòni!... ¡don Antòni!—contestó una fila de voces de la popa á la proa, mientras el tío Caragòl asomaba la cabeza á la puerta de sus dominios.

Surgió don Antòni por una escotilla. Estaba revisando todo el buque antes de despedirse de su capitán. Este le recibió volviendo el rostro, evitando su mirada, con un gesto complejo y contradictorio. Sentía la cólera de su vencimiento, la vergüenza de su debilidad, y junto con esto la gratitud instintiva del que se ve librado de un mal paso por una mano violenta que lo maltrata y lo salva.