Constantinopla brilla en la sombra, coronada de luces. La piedad musulmana cubre con guirnaldas de fuego los balconcillos de los minaretes y los arcos de las mezquitas, al mismo tiempo que la fidelidad al Padichá y á las tradiciones ilumina los palacios, los puentes, todos los edificios oficiales y las viviendas de los personajes.

En tiempos normales, Constantinopla es una ciudad discreta y recatada que se entrega al descanso apenas se oculta el sol. El turco se acuesta pronto para levantarse antes del alba, y fuera de los barrios europeos, donde teatros y cafés prolongan la vida hasta pasada media noche, la gran metrópoli tiene sus calles obscuras, sin otra luz que el pálido resplandor de las lámparas transparentando por los ventanales de mezquitas y kioscos funerarios, ni otros transeuntes que los perros vagabundos y el sereno que marca las horas con fuertes garrotazos en el suelo.

Al llegar el Ramadán, Pera y Galata continúan su vida nocturna de siempre, pero el viejo Stambul, Scutari y todos los distritos turcos, sobrepujan durante la noche en luz y movimiento á los barrios europeos. Apenas suena el cañonazo de la puesta del sol, el musulmán, que ha pasado el día sin comer, sin fumar y hasta privado del agua, se abalanza como bestia famélica á los bodegones y cafés, asaltándolos. Es la orgía de toda una ciudad. No comen, tragan: no beben, sino cuelan; y este devorar feroz, va acompañado de risas, aullidos, danzas y peleas. El turco no prueba el vino, pero la comida parece embriagarle, y ciertos líquidos fermentados acaban por dar á su borrachera una alegría bestial y peligrosa.

Mientras abajo, en las tortuosas calles donde brillan como bocas de infierno las puertas de bodegones y cafés, aulla el populacho turco, arriba lucen las coronas de fuego de las mezquitas, y la luna, símbolo del pueblo musulmán, rueda por el cielo de suave azul, presenciando con cara bonachona la ruidosa orgía de sus amigos.

¡Las iluminaciones de Constantinopla!... Esta ciudad europea, que aun vive privada de la electricidad, por orden del emperador, y no conoce otro gas que el de los macilentos faroles de las calles, muestra un gran talento artístico, una rara habilidad, al iluminar sus fiestas. El farolillo de aceite ó la linterna con bujía, le bastan para realizar las más asombrosas combinaciones de su imaginación oriental. El día que el foco incandescente y los rosarios interminables de bombillas eléctricas aparezcan en Constantinopla, ésta habrá perdido una de sus mayores originalidades; el encanto de sus fantásticas iluminaciones. No tienen el estallido deslumbrante y brutal de las luces modernas; son reflejos dulces, velados, discretos; una iluminación de ensueño, un esplendor vagoroso y poético, semejante al de las fiestas de Las mil y una noches.

Vistas de cerca, las iluminaciones en palacios y templos son miles y miles de vulgares linternas colgadas en clavos, en andamios de madera. Contempladas de lejos, se convierten en maravillosas luces de color de oro, que forman las más extraordinarias visiones: flores fantásticas, lunas, estrellas, soles, arcadas aéreas, un mundo de encantamiento, que parece flotar impalpable, ligero y sin realidad, en la negrura del ensueño, para disolverse apenas despertemos.

La luna rompe sus reflejos en las inquietas aguas del Bósforo, trazando un extenso triángulo de luz, y junto á los peces de plata que rebullen en su enorme estela, nadan enjambres de peces de oro, al reproducirse invertidos los palacios iluminados de ambas riberas.

Una noche alquilo un caique de un solo remero para recorrer el Bósforo á la luz de la luna. Es noche de fiesta extraordinaria dentro del Ramadán: la llamada «Noche de la Fuerza». Necesito llevar conmigo una autorización de la policía, pues al ocultarse el sol está prohibido circular sin permiso de una á otra orilla, y la vigilancia es tan grande sobre el agua como en tierra.

¡La inolvidable excursión por el mar encajonado y silencioso! Al seguir el Bósforo contra la corriente, la barca queda envuelta de pronto en un nimbo de luz, viéndose como una figura de oro viejo el remero casi desnudo, que jadeante mueve sus brazos junto á la proa. Es el resplandor de un palacio de la orilla. El agua tiembla luminosa en torno de la embarcación con ondulaciones doradas, como si transparentase una fiesta de ondinas en las profundas entrañas del Bósforo. Después la barca vuelve á sumirse en la sombra; las aguas son negras, casi invisibles, adivinándose por los violentos vaivenes que imprimen á la ligera embarcación y por el sordo chirriar de su corriente chocando con la quilla y los remos. Y así, pasando de la sombra á la luz y del resplandor á la obscuridad, vamos Bósforo arriba, bogando en lo desconocido con cierta emoción al pensar en la profundidad de las aguas, agrandada por el misterio, y en la fragilidad del esquife, balanceados como una pluma por el sombrío elemento que se abre siempre ante nosotros en la pavorosa lobreguez. En las lejanas orillas brillan luces, suenan músicas y se adivina la presencia del gentío, como si las ráfagas rumorosas de la brisa nos trajesen su respiración. En lo alto brilla la luna, pálida y anémica al contrastar con las guirnaldas de oro de los edificios.

De tarde en tarde, entre los palacios del Bósforo con sus estrellas y sus lunas de colores, se adivina un edificio vagoroso que hunde en el misterio azul sus tentáculos blancos. Es una mezquita. La discreta luz de la lámpara del Mirab tiembla como una lágrima amarilla en las opacas vidrieras, que parecen de un panteón.