La embarcación salta y gime en ciertos parajes, chapoteando su proa en las aguas invisibles. Son las rudas corrientes del Bósforo que rugen en los recodos y los estrechos. El remero sigue adelante con la confianza del que ejerce su oficio. De pronto un ojo deslumbrante surge de la obscuridad. Un haz de vivos resplandores viene de él, paseándose sobre las aguas, á las que da una blancura funeraria. Es el reflector eléctrico de un buque que marcha al Mar Negro. Pasa el monstruo obscuro á corta distancia, con ojos deslumbrantes en las antenas, y otros ojos rojizos y más tenues formando doble línea en sus flancos negros, donde están los camarotes. El agua que desplaza su gigantesco vientre arremolínase en este callejón marítimo, formando unas cuantas olas, seguidas, cortas y violentas, que crecen y se prolongan hasta las orillas, para morir en ruidoso asalto.

El caique, que parece de papel, salta y se acuesta en este remolino negro, amenazando zozobrar. ¡Ya hay bastante! Ser tragado por el Bósforo, á la vista de palacios iluminados, oyendo músicas y el ruido de una muchedumbre que no puede enterarse de lo que ocurre en las aguas obscuras, á cincuenta metros de distancia, es un final inaceptable. Todas las semanas se traga víctimas este Bósforo de enorme profundidad y orillas cortadas como á pico. De día, gentes que caen en los desembarcaderos, aturdidas por el empuje de las muchedumbres que asaltan los vaporcillos ó tranvías acuáticos; de noche caiques que zozobran. Y estos turcos, familiarizados con el brazo de mar, que es la primera de sus calles, no prestan atención á tales sucesos, y los periódicos apenas si le dedican dos líneas... ¡Atrás!

Vamos ahora Bósforo abajo, siguiendo el impulso de la corriente. El remero descansa, dando sólo de vez en cuando alguna paletada para no abordar á la orilla. Otra vez saltamos de la luz á la sombra y de la sombra á la luz, pasando ante los palacios de los parientes del sultán, de los grandes pachás y de los buques de guerra otomanos, con sus guirnaldas de luces que marcan todos sus contornos, bordas, palos y chimeneas.

Nos aproximamos al palacio del ministro de Marina. La muchedumbre llena el muelle. Grupos de mujeres con cerrado manto que van como colegialas en ruta, haremes enteros, pasean entre el gentío, en esta noche de libertad y de fiesta. Los vendedores de bebidas gritan pregonando sus mercancías. La banda de música de un crucero toca bajo las ventanas de Su Excelencia, y el público parece entusiasmado. No baila como en las fiestas de Europa, pero su alegría infantil se desborda á impulsos de la música amada, de la música popular, La Mascota, y sobre todo La Gran Vía, de la cual el «coro de los marineritos» es insustituíble para el populacho de Constantinopla.

Nos alejamos Bósforo abajo. Va amortiguándose el movimiento en las orillas; las iluminaciones lucen solitarias en los muelles abandonados. Una hora después desembarco, siguiendo á pie las calles pendientes que conducen á las alturas de Bechik-Tach, donde están los palacios de los principales personajes de Turquía.

Soledad completa. Todos los edificios están iluminados, las calles envueltas en un resplandor rojizo que expulsa la sombra hasta de los últimos rincones. En ambas aceras se elevan andamios con miles y miles de linternas, formando dibujos inabarcables de cerca. ¡Luces y luces, hasta donde alcanza la vista!... Y nadie: ni un hombre, ni un perro. Las bestias vagabundas, acostumbradas á la lobreguez, han huido de la luz y de la momentánea limpieza, buscando los callejones y solares donde se amontona el estiércol.

Los pasos despiertan en las losas una sonoridad fúnebre. Se marcha como en un ensueño. Pueden surgir facinerosos en esta soledad luminosa, y ser uno asesinado, sin que de los palacios esplendorosos y mudos salga el menor auxilio. Parece que los turcos, después de cubrir la ciudad de luces, la han abandonado para siempre.

Todo buen musulmán se ha encerrado en su casa, aislándose del mundo. Es la gran noche, la más dulce de las noches. ¡La Noche de la Fuerza!

El sabio Mohamed pensó en todo al legislar para su pueblo. Predicó la guerra como elemento indispensable para sostener la vida; prohibió manjares y líquidos incompatibles con la salud en un clima oriental; elevó la limpieza y el agua á la categoría de dogmas, conociendo el amor ancestral de la bestia humana á la suciedad y el abandono; y para que sus pueblos no decreciesen, como les ocurre á ciertas naciones modernas, decretó en nombre de Alláh la Noche de la Fuerza.

En esta noche, todo musulmán que tiene su compañera no debe dormir, sino velar mientras le queden alientos. El buen creyente, con el pensamiento puesto en Alláh y en la reproducción de su raza, debe gustar todos los frutos que guarda su harem... mientras tenga dientes para ello. La prescripción religiosa es severa é ineludible. El amor por orden del Profeta: el supremo escalofrío como grata oración á Dios. Nadie se escapa á este supremo mandato. El viejo trémulo, exprimido y seco por largos años de poligamia, debe probar á cumplirlo (con probar nada se pierde); el adolescente recibe la iniciación del misterio de la vida, por obra de alguna esclava de la casa, y entusiasmado con la dulce novedad de la ceremonia repite sus oraciones hasta que cae extenuado; el hombre en plena virilidad hace un llamamiento á sus fuerzas y ora toda la noche en diversos altares, con la convicción de que será grato á Dios si el sol le sorprende ocupado todavía en tales ritos.