La piedad musulmana se exalta y sobrepasa en esta noche, queriendo cada cual ir lo más lejos posible, para satisfacción de Alláh y orgullo de las propias fuerzas. Y todos corren y corren por el camino del santo deber, sin más pausa que la de los relevos, cambiando de montura para enardecer su energía con el incentivo de la novedad, y llegando en el sacro deporte á límites donde sólo pueden alcanzar el entusiasmo religioso y el apasionamiento oriental.
Esta Noche de la Fuerza es la de la «Ceremonia del Pañuelo» en el Yildiz Kiosk. Es vulgar la creencia de que los sultanes, desde hace muchos siglos, cada vez que desean hablar aparte con una de sus innumerables mujeres, la avisan arrojándola un pañuelo. Nada hay de esto. La ceremonia del pañuelo existe, pero es sólo una vez por año: la Noche de la Fuerza. Las tradiciones ordenan que en esta noche el Comendador de los Creyentes, para cumplir el deber religioso como todas sus súbditos musulmanes, sacrifique una doncella.
En un salón del harem imperial se alínea, bajo la mirada del Gran Eunuco y sus tropas de negros, un centenar de vírgenes. Unas son esclavas de la Circasia enviadas como regalo por los gobernadores de los vilayetos asiáticos; otras, hijas de pachás, entusiastas del emperador, que aprovechan esta ocasión para introducir la influencia de su familia en los departamentos secretos del Yildiz Kiosk. Todas, esclavas y señoras, confundidas en la igualdad femenil de las costumbres turcas, que no reconocen más que dos rangos, la belleza y la fealdad, aguardan trémulas la presencia del Gran Señor, sabiendo que en breves instantes puede decidirse su suerte.
Aparece el Padichá. Con ojos impasibles examina la fila, el Gran Eunuco secretea en su oído, y al fin arroja con indiferencia el pañuelo... ¡Cualquiera! Su tranquilidad es igual á la del católico que todos los domingos va á misa, sabiendo que es un espectáculo santo, pero sin emoción alguna. La ha oído tantas veces, que no encuentra en ella el encanto de la novedad.
¡Pobre Abdul-Hamid! ¡Augusto Comendador de los Creyentes, con sus sesenta años bien contados!... Me lo imagino en esta noche, á puerta cerrada con la virgen, hermoso potro, bello y salvaje, con el fuego de los pocos años y el deseo de agradar, excediéndose en toda clase de iniciativas. El majestuoso Padichá, que tal vez lleva ocupado el pensamiento por alguna nueva reclamación de los embajadores de las potencias, tiene que pasar una noche, por deber religioso, junto á esta primavera ardiente, que vela junto á él, excitada y nerviosa. Sus preocupaciones de gobernante, sus pensamientos de Felipe II, papelista enterado minuciosamente de todo lo que ocurre en su vasto imperio, le preparan mal indudablemente para estas encerronas, ordenadas por el Profeta. La soberana de una noche sonríe invitadora con sus labios coloreados de carmín, levanta la mirada de sus ojos agrandados por la pintura negra, saca incitante las curvas de su cuerpo en celo... pero al tender sus manos encuentra ¡ay! el ánimo del Gran Señor flácido y desmayado, como el pañuelo simbólico.
Pensando en estos desastres y tormentos, impuestos por el deber religioso, que no tiene en cuenta edades ni circunstancias, sigo las calles iluminadas y silenciosas, acompañado únicamente del eco de mis pasos. ¡Nadie! ¡Siempre ante mí la soledad, roja y brillante! Pueden robarme, pueden matarme sin que al sonar mis gritos se abra una ventana ó una puerta de estos palacios luminosos. Sus habitantes están demasiado ocupados para fijarse en lo que ocurre en la calle.
El palo del sereno chocando contra las baldosas no altera esta noche el silencio profundo del barrio señorial. También para él, musulmán fervoroso, es esta noche la de la Fuerza. Los ladrones, los vagabundos deben igualmente estar dedicados á la santa ceremonia. Allá lejos, en la depresión del terreno por donde corren las aguas del Cuerno de Oro, el cielo tiene resplandores de incendio y se eleva un zumbido de colmena gigantesca. El populacho sigue divirtiéndose en Stambul y Galata.
Voy hacia allá, por las calles abandonadas, muertas y luminosas, como si marchase por una ciudad fantástica, mirando con despecho las puertas cerradas, pensando con cierta amargura en la fría cama del hotel que me espera, lamentando mi condición de mísero giaour, de despreciable cristiano, que me hace vagar triste é inútil en esta noche de la abundancia hasta el desfallecimiento: la santa Noche de la Fuerza.
XXXIII
La entrada en Europa
¡Adiós, Constantinopla!