En plena noche atravieso por última vez el Gran Puente, sintiendo como caricias amistosas de despedida los estremecimientos y saltos que imprimen al carruaje los tablones de la plataforma. El Cuerno de Oro es una zanja profunda y brumosa, en la que brillan los ojos inflamados de las embarcaciones. Enfrente, el venerable Stambul recorta su silueta negra de cúpulas y minaretes, sobre un cielo esfumado, en el que brilla pálida la luna menguante. Las luces del Ramadán parecen flotar en el espacio como constelaciones perdidas.
¡Adiós!
Hace más de un mes que vivo en estos lugares á los que nada me une, ni el nacimiento, ni la raza, ni la historia, y sin embargo, la partida es melancólica y penosa.
Cuando se viaja se abandonan las ciudades, por gratas que sean, con un sentimiento de alegría. Es la curiosidad que se despierta de nuevo, el instinto ancestral de cambio y movimiento, que llevamos en nosotros como herencia de nuestros remotísimos abuelos, nómadas incansables del mundo prehistórico. ¿Qué habrá más allá? ¿Qué nos espera en la próxima etapa?...
Pero al partir de Constantinopla, este sentimiento alegre y curioso se amortigua y desvanece. Por interesante que sea lo futuro, no llegará á serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades cómodas y uniformes, seguramente que no puede borrar el recuerdo de esta aglomeración de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y despotismos irresistibles, que ofrece la metrópoli del Bósforo.
¡Adiós!... Y á la melancólica despedida se une la incertidumbre del porvenir, la sospecha de que no volveré á contemplar estos lugares amados, de que las circunstancias de mi vida harán que ésta se extinga antes de poder cumplir mi deseo.
Al recuerdo de Constantinopla va unido el del mar de Mármara con sus aguas tranquilas y verdes, por cuyas transparentes entrañas pasan flotando las medusas como un desfile de paraguas de nácar. Recuerdo también las poblaciones del Asia Menor, que acabo de visitar, Mudania y Brussa, ciudades puramente turcas, donde vive el musulmán sin nada de europeo que desfigure y envilezca su existencia. Algún día hablaré de Brussa, la de la Mezquita Verde, edificada por alarifes de la Andalucía musulmana: Brussa, la de las sedas brillantes como oro, la Granada turca, dormitando al pie del Olimpo de Bitinia, frente á una vega situada á muchos centenares de metros sobre el nivel del mar y eternamente frondosa, lo que hace que los otomanos la llamen con orgullo Brussa la Verde. Y también hablaré, en una novela, del barrio de Galata en Constantinopla, «el barrio de los españoles», como lo titula la topografía popular, donde veintiocho mil judíos que se apellidan Salcedo, Cobo, Hernández, Camondo, etc., emplean en el seno de la familia un castellano arcaico que es la lengua sagrada, el medio de comunicación para librarse de la vigilancia de los enemigos.
—¡Ah, Espania! ¡La bella Sión de Occidente! Los míos, los viexos, baxaron de allá.
Los cuentos que entretienen á la familia en las noches de sábado, leyendas de enormes tesoros enterrados, tienen siempre por escenario la lejana España, país fantástico del que hablan los patriarcas á los niños con grave misterio, como hablamos nosotros de Bagdad, la de Las mil y una noches. Y en las fiestas israelitas, las viejas descuelgan los panderos y entonan con sus bocas desdentadas villancicos del siglo XV, aprendidos por sus abuelas en Toledo, que fué como el París del mundo judío.
Abandono Constantinopla después de pasar por las innumerables ceremonias del pasaporte, que son aquí tan precisas para salir del país como para entrar. Rueda el tren durante la noche por las desoladas llanuras de la Tracia. Al amanecer estamos en Rumelia y después en Bulgaria. Se acabaron los gorros rojos. Los soldados que ocupan los andenes de las estaciones ó acampan en tiendas grises al pie de alguna loma, van vestidos á la rusa. Los campesinos, con una tiara negra de piel de oveja y rudas abarcas, marchan por los caminos amarillentos, ante los tardos bueyes que arrastran unas carretas chirriantes de ruedas macizas. Al cerrar la noche atravesamos Servia, y al lucir de nuevo el sol estamos en tierra húngara.