Nos aproximamos á Budapest, á las verdaderas puertas de la Europa europea.
Es la hora del almuerzo. En el vagón restaurant, que va á la cola del tren, nos juntamos los viajeros del exprés de Constantinopla, gentes de diversas nacionalidades. Ocupo una mesa con dos viajeros desconocidos y una señora rubia y elegante, sentada frente á mí. Silencio absoluto ó lacónicos ofrecimientos de platos, con esa reserva cortés y fría de los que van por el mundo y no saben quién pueda ser su compañero de mesa. El almuerzo toca á su fin. Tomamos el café. Por el cristal de la ventanilla veo pasar barriadas de casas blancas con grandes anuncios. Se adivina la proximidad de una enorme población. Debemos estar en las afueras de Budapest. Veo un cartel de teatro, impreso en magyar, del cual sólo es inteligible para mí el título de la obra, Carmen.
De pronto un choque, un tropezón gigantesco contra un obstáculo. Luego, la milésima de un segundo, que nos parece un siglo, y durante este espacio nos contemplamos todos con los ojos desmesuradamente abiertos, y en ellos una expresión loca de espanto. Á continuación el rudo movimiento de retroceso que lo desordena todo, que lo rompe todo, que nos hace saltar y rodar en medio de una lluvia y un estrépito mortales. Es mediodía; luce el sol; el cielo es azul, sin una nube, y sin embargo, nos sentimos ciegos, como si hubiésemos caído en plena noche.
La mesa en que estamos rompe con la violencia del retroceso los goznes de bronce que la unen á la pared del vagón. Rueda sobre mí con sus platos, tazas y cafeteras y me arroja al suelo. Siento sobre el pecho su doloroso filo, á más del peso de la señora de enfrente y otros cuerpos que se agitan con el pasmo del terror.
Pasan unos instantes brevísimos, pero la imaginación los llena vertiginosamente, poblándolos de miedos y esperanzas como si fuesen años. ¿Estaré herido? ¿Qué se habrá roto en mi organismo? ¿Iré á morir pasado el primer aturdimiento? ¿Qué encontraré en mí cuando llegue á incorporarme?...
Me levanto. Un pie se me hunde en una cosa blanda y elástica, envuelta en paño azul con botones de oro. Es el vientre del camarero que nos servía momentos antes. Está de espaldas, con los brazos en cruz, los ojos agrandados por el espanto, y no se mueve del suelo á pesar de mi pisotón.
Frente á mí se incorpora la señora, que parece haber envejecido en unos instantes; pálida, con amarillez de cirio; los rubios cabellos en desorden, el sombrero aplastado, las facciones afiladas y trémulas por la emoción.
—No somos más que una porquería—dice en francés.
Tal vez fué la influencia del momento, pero juro que jamás he oído una frase tan profunda y tan justa.
Al mirar en torno no conozco el comedor. Todo roto, todo demolido, como si un proyectil de cañón hubiese pasado por él. Cuerpos en el suelo, mesas caídas, manteles rasgados, líquidos que chorrean, no sabiéndose ciertamente lo que es café, lo que es licor y lo que es sangre; platos hechos trizas y todos los cristales del vagón, los gruesos cristales, partidos en láminas agudas, esparcidos como transparentes hojas de espada.