Instintivamente arranco de la espalda de la señora una especie de puñal de vidrio clavado en su corsé. Es un fragmento de la luna que estaba detrás de ella. Un poco más arriba, y queda degollada en el sitio.
Sin saber cómo, me veo pisando tierra, corriendo á lo largo de la vía, junto á un talud altísimo. Otros viajeros corren también, tropezando en los guijarros. Un hervor gigantesco llena el espacio de humo, viéndose entre sus vedijas el caserío blanco de Pest en una montaña. El vapor se escapa con un chirrido de sartén enorme. Llegamos á la cabeza del tren, que parece haberse desdoblado, y vemos dos locomotoras caídas y mugiendo, como dos toros que acaban de embestirse, desplomándose moribundos. A un lado nuestro tren; al otro lado un largo rosario de vagones de mercancías. El encuentro ha sido en lo más hondo de un desmonte, bajo un puente de madera que desaparece entre la humareda de las dos máquinas heridas de muerte. Unas vagonetas cargadas de materiales de construcción se han roto, esparciendo á ambos lados de la vía, entre las ruedas sueltas y retorcidas, una cascada de yeso y de ladrillos.
Los dos primeros vagones de nuestro tren ya no existen. Son á modo de acordeones cerrados por el choque, con pliegues trágicos que dan un escalofrío de terror. Como ocurre casi siempre... de tercera clase. El furgón de los equipajes es un amasijo de maderos y hierros, que á cada estremecimiento del tren moribundo vomita maletas y cofres. Hombres sangrientos que aun no se han dado cuenta de sus heridas, corren excitados por la emoción y gritan en magyar, en alemán, en servio, en turco. Los empleados se mueven, queriendo servir de algo, pero sin saber ciertamente por dónde empezar. Siguiendo el impulso de los demás, intento subir á los vagones demolidos. Al poner el pie en la rota plataforma chapoteo en algo negro, que es líquido y sólido á un tiempo. Una mosca revolotea ansiosa sobre este banquete de sangre y piltrafas, anunciando la llegada de sus compañeras. ¿Para qué añadir el horror á la emoción sufrida?...
Recojo mis dos maletas y subo el talud, para salir cuanto antes de esta zanja maldita. Al verme arriba me asombro de la fuerza nerviosa que da la emoción, de la ligereza con que he subido cargado por la ruda pendiente.
Me siento al borde del declive sobre mi equipaje y quedo en una insensibilidad estúpida, aturdido, sin saber qué hacer, contemplando los restos de la catástrofe, viendo cómo el humo rojizo de las locomotoras empieza á incendiar el puente de madera.
Por todos los caminos de la campiña llegan corriendo grupos de húngaros melenudos. De las casas inmediatas salen mujeres. Abajo aumenta el número de los que se agitan junto á los dos trenes y penetran en los vagones demolidos.
Una catástrofe estúpida. En la estación de Budapest han dejado salir un tren de mercancías á la hora en que diariamente llega el tren de Constantinopla. Esto pasa en la Europa central, la de los grandes ferrocarriles organizados militarmente, y nadie parece indignado... ¡Y después hablamos de las «cosas de España»!...
Veo de pronto sombras que se interponen ocultándome la luz del sol. Son mujeres húngaras, con sus chiquillos: buenas mozas, gordas, morenotas y ventrudas, que visten batas de percal y llevan el pañuelo de seda formando visera sobre los ojos, lo mismo que las chulas de Madrid.
Sienten la curiosidad de los grandes sucesos, la necesidad de rozarse con alguien que ha visto el peligro de cerca, y me hablan en su idioma ininteligible, mirándome con simpática compasión. Adivino que me preguntan si estoy asustado; se asombran al verme entero, sin un rasguño, sin una gota de sangre. Una joven se empeña en hacerme beber un vaso de agua. Una vieja, arrugada y negra como una gitana, me pasa las manos por el rostro con sonrisa de bruja bondadosa.
El puente es una gran llama que esparce intenso hedor de madera vieja. La muchedumbre se agita con vaivenes de audacia y de miedo. Estupendas noticias la conmueven, haciéndola huir talud arriba en espantoso desorden. ¡Que las locomotoras van á estallar!... ¡Que el tren contiene dinamita!... Se esparcen con pánico de rebaño, pero transcurridos algunos minutos, la curiosidad tira de ellos otra vez, y descienden la cuesta para mezclarse con los empleados y trabajadores, dificultando las operaciones de salvamento.