Hasta que, puesto en medio de la historia,
Abrí la vista, y ví mi amargo duelo.
Mas retiréme á tiempo del funesto
Y estrecho paso, dó se llora y arde,
Ya casi en medio de las llamas puesto:
Que, aunque me llame la ocasion cobarde,
Más vale, errando, arrepentirse presto,
Que conocer los desengaños tarde.
Tal vez á su regreso de Italia, Espinel habia ya perdido sus padres en Ronda. Ello es que al volver á Andalucía, no se dirigió desde luego á la ciudad que le vió nacer, sino á Málaga, á echarse en brazos de su antiguo amigo y camarada don Francisco Pacheco de Córdoba, que desde 1575 ocupaba la mitra de esta diócesis, y desde Málaga, por la costa de Marbella, á la Sauceda de Ronda, en una de cuyas pequeñas poblaciones de la propiedad del duque de Arcos, Casares, á la orilla derecha del Guadiaro, residia aquel Pedro Ximenez de Espinel, hermano de Juana Martin, madre del poeta, de quien éste hace la descripcion, presentándolo como el hombre perfecto de la filosofía natural en la sencillez de su trato, en la templanza de sus costumbres, en la prudencia de su consejo y en la modestia y rectitud de su sano discurso. Ciertamente aquellas dos visitas fueron para nuestro protagonista del mayor interes, pues por los hechos posteriores resulta como indudable que si con la primera se allanó el camino para su ingreso al sacerdocio, con la segunda debieron removerse cualesquiera clase de obstáculos que para el disfrute de la desamparada capellanía hubieran surgido desde 1572. No obstante, es de presumir que, conocidas sus intenciones en Ronda por las emulaciones y envidias que en el país natal levanta siempre toda capacidad que sabe elevarse sobre el nivel comun, se trató de suscitarle inconvenientes, cuyas asperezas Espinel procuró limar mediante aquella Cancion á su patria, uno de los poemas más ardientes que brotaron de su lira, y en que humilde, modesto, postrado, pidió á su cuna nuevo amoroso regazo y á sus compatricios benevolencia y proteccion. Tambien se duda de que nunca las obtuviera, pues por aquel tiempo dirigió á su nuevo Mecenas, el obispo de Málaga, Pacheco de Córdoba, la enérgica Epístola, donde sin declinar nada de las licencias de su juventud, apostrofaba á sus enemigos y condenaba la ruindad de las pasiones que contra él concitaban, con el vigor y la elocuencia propias de su pluma varonil abandonada á los arrebatos de su altivo corazon. Hé aquí algunos de estos robustos tercetos:
Bien sé, que yendo la razon delante,