Así estaban las cosas en el año de 1609, gobernando la Nueva España el virrey D. Luis de Velasco.
II.
Era la noche del 30 de enero de 1609: la luna, perdiéndose en el horizonte, apenas alumbraba las blancas nieves del soberbio Pico de Orizaba, conocido entre los naturales con el nombre de Zitlaltepec, y las sombras envolvían la fertil cañada de Aculzingo.
Entre aquellas sombras se escuchaba apenas el rumor de los árboles agitados por los vientos de la noche, y el murmullo de los arroyos que bajan por las vertientes de las montañas.
Sin embargo, escuchando con atención podían oirse en medio de aquellos ruidos confusos, otros sonidos que no eran producidos ni por los vientos ni por las aguas.
Eran voces humanan, era sin duda el ruido que causaba la marcha de un gran grupo de hombres, que caminaban apresuradamente conversando entre sí, y rompiendo las malezas y los arbustos que se oponían á su paso.
La marcha de aquellos hombres no se interrumpía, y aquel grupo parecía caminar en dirección del lugar que hoy ocupa la Villa de Córdoba.
Cuando los primeros reflejos de la aurora comenzaron á teñir de rosa el espléndido cielo de la costa de Veracruz, el grupo de hombres que se había sentido cruzar durante la noche por la cañada de Orizaba, seguía su camino trepando una encumbrada cuesta.
Era una tropa de negros, extrañamente vestidos y armados: llevaban los unos, gregüescos de terciopelo y calzas de seda hechas pedazos; los otros, calzones de escudero con sucias medias, calzas de gamuza; cuál vestía una bordada ropilla de raso, cuál una loba de curial; éste cubría sus desnudas espaldas con un elegante ferreruelo, aquel iba encubierto con un balandrán, el otro abrigado con un justillo estrecho, de acuchilladas mangas; el de más allá en un tabardo de belludo: aquello parecía una mascarada, y podía asegurarse que aquellos trajes eran los despojos de los pasajeros del camino de México á Veracruz.
En cuanto á las armas de aquellos hombres, era curioso observar que había entre ellos flechas y arcos de los aztecas, arcabuces y espadas de los conquistadores, mazas, macanas, hondas, hachas, escopetas, ballestas, puñales, alabardas, y todo en el mayor desorden y en extraordinaria confusión.