Al lado de un negro que llevaba marcialmente una gran lanza de caballero al hombro y un carcax lleno de flechas con su arco á la espalda, caminaba con gran desenfado otro que llevaba á la cintura pendiente de un talabarte bordado, una macana, y en la mano un pesado arcabuz de mecha: también aquel armamento parecía el producto de un saqueo parcial.
Aquella extraña tropa estaría compuesta de más de cien hombres, y á su cabeza, con todo el aire de un general en jefe, caminaba un negro alto, fornido, de abultadas y toscas facciones, que vestía con alguna más propiedad que los otros, y que estaba también mejor armado, pues mostraba una luciente coraza de acero, ceñía un largo estoque y empuñaba una buena escopeta.
Trepando por aquellas escabrozas veredas y atravesando angostos y peligrosos desfiladeros, llegó por fin la tropa á una espaciosa meseta que coronaba una de las más elevadas serranías.
Allí estaba situado un campamento de negros, era el cuartel general de todos los esclavos que habían huido de la crueldad de sus amos buscando la libertad que iban á defender con las armas y á costa de sus vidas.
La fuerza que llegaba había sido vista desde muy lejos; todo el campamento se había movido, y hombres y mujeres se apresuraban á recibirla.
Distinguíase en medio de todos ellos á un negro anciano pero robusto, á quien todos miraban con profundo respeto, y que parecía ser el patriarca de aquella tribu errante.
Cuando los recién llegados penetraron al campamento, los soldados se desbandaron sin esperar la orden de su jefe, y se mezclaron entre los grupos de los que les aguardaban, y sólo el que había venido á la cabeza se dirigió en busca del anciano.
—Buenos días, Francisco, dijo el anciano tendiendo al otro su mano con aire paternal.
—Dios te guarde, padre Yanga, contestó Francisco.
—¿Qué nuevas me trae mi hijo Francisco de la Matosa?