—Sin duda la llegada del enemigo. Pon á tus gentes sobre las armas, y yo voy al encuentro del vigilante......
El viejo salió á encontrar al que llegaba, y Francisco comenzó á disponer sus tropas.
El trabajo no era grande, y en un momento se formaron cuatrocientos negros, todos armados.
Yanga volvió.
—Francisco, dijo, es preciso escribir á ese D. Pedro González.
—¿Y para qué?—preguntó Francisco con extrañeza.
—Para decirle que obedecemos á Dios y al rey, pero que queremos nuestra libertad; que si nos la conceden, si no nos vuelven á nuestros amos crueles, si nos dan un pueblo para nosotros, depondremos las armas; ¿te parece bien?
—Sí, contestó Francisco. ¿Y quién llevará esa carta?
—El español que tenemos prisionero.
Una hora después salía del campamento de los negros un español que llevaba una carta de Yanga, caudillo de los sublevados, al capitán D. Pedro González de Herrera.