El viejo Yanga era el espíritu de aquella revolución, que había meditado por espacio de treinta años, y el negro Francisco de la Matosa era el general de las armas, nombrado por Yanga.

Los negros estaban ya esperando la señal del combate.

III.

Las tropas del capitán D. Pedro González de Herrera caminaron muchos días, y acamparon á la orilla de un caudaloso río y enfrente de las posiciones que ocupaban los negros.

Esto acontecía el 21 de febrero de 1609.

Los dos campos enemigos podían observarse, y los dos pequeños ejércitos se preparaban para el combate, que indudablemente debía de darse al día siguiente.

Los soldados de González contaban en su abono con el número, la disciplina y la buena calidad de su armamento.

Los de Yanga confiaban en lo fuerte de sus posiciones y en la justicia de su causa.

Llegó la noche: poco á poco los contornos de los árboles y de las montañas se fueron como desvaneciendo en el obscuro fondo del espacio, y luego no fué todo aquello mas que una niebla densa y misteriosa, en medio de la cual no se distinguía otra cosa que la lejana luz de algunas hogueras que parecían estrellas, ó la vacilante claridad de algunas estrellas que brillaban como las hogueras. Cielo y tierra se confundían con sus sombras y con sus luces.

Entonces se pudo notar que en ambos campamentos se movían las tropas y se disponían los combatientes.