Yanga y Francisco de la Matosa arreglaban la defensa.
D. Pedro González de Herrera preparaba el asalto.
Los primeros albores de la mañana darían sin duda la señal de acometida, y Dios daría la victoria.
Así pasó toda la noche, y durante toda ella no hubo sin duda uno solo de aquellos corazones (que ahora hace ya más de dos siglos y medio que dejaron de latir para siempre), que no estuviera conmovido con el peligro del día siguiente.
Brilló por fin la aurora, y las columnas de los asaltantes se pusieron en marcha, en medio de un silencio sombrío.
Don Pedro González iba á la cabeza de todos, procurando animar á sus soldados con su ejemplo; pero delante de él caminaba alegre y juguetón un perrillo de uno de los soldados.
Aquel animal no conocía que todos aquellos hombres, y entre los cuales iba su amo, caminaban al combate y á la muerte, y por eso jugueteaba entre la maleza, ya adelantándose, ya volviendo ligero á encontrar á la columna que seguía avanzando sin descansar.
Don Pedro le miraba casi sin pensar en él; pero de repente observó que el animal, que se había adelantado mucho, se detenía como espantado y ladraba dando muestras de cólera.
—¡Una emboscada!—gritó D. Pedro comprendiendo lo que aquello significaba.
—¡Una emboscada!—repitieron los que le seguían, y la columna se detuvo repentinamente.