El capitán desnudó su espada, afirmóse el sombrero, y con robusta voz gritó, volviéndose á su tropa:

—¡Santiago y cierra España! ¡á ellos!

—¡A ellos! repitió la columna, y todos comenzaron á trepar velozmente por aquellos riscos, en dirección de la emboscada descubierta por el perrillo.

Los negros conocieron que la emboscada no surtiría ya efecto, y salieron á cortar el paso.

Trabóse entonces el combate, los mosqueteros comenzaron á disparar sus armas sobre los negros, ganando siempre terreno, y los negros, haciendo fuego á su vez sobre los asaltantes, con las pocas armas de fuego que tenían, procuraban hacerlos huír ó acabarles rodando en gran cantidad peñascos que para este objeto tenían ya preparados.

Pero nada contenía el brío de los asaltantes, que trepaban y trepaban ganando siempre terreno y lanzando á sus enemigos una verdadera lluvia de balas, de piedras y de flechas.

Muchas horas duró el combate, y la suerte favorecía á los soldados de D. Pedro González, que al caer ya la tarde se apoderaron de las posiciones de los negros, no sin dejar el camino que habían recorrido, sembrado de cadáveres y de heridos.

Yanga y los demás que le acompañaban, viendo que no era posible resistir más, huyeron para los bosques, no dejando en poder de sus enemigos más que algunos cadáveres.

Aquello era un triunfo, pero un triunfo tan efímero como costoso. Los negros que habían huído volverían á hacerse fuertes en otro lugar, y sería necesaria una nueva batalla, que no daría más resultado que el que ésta había dado: conquistar á fuerza de sangre una posición que había necesidad de abandonar á poco tiempo, y con el temor de volverla á encontrar defendida al día siguiente; y aquella era una campaña tan penosa como estéril en sus resultados: los negros habían perdido alguna gente, pero en compensación lo mismo había sucedido á sus perseguidores: la proporción era perfecta.

Todo esto lo comprendió D. Pedro González de Herrera, y quiso aprovechar los momentos de la victoria y dar otro sesgo á la campaña.