Religión, leyes, amistad, gratitud, todo en sus manos era arma emponzoñada que esgrimía contra sus enemigos, sin escrúpulo de ninguna clase; todo era en su camino sombra despreciable sobre la cual cruzaba con indiferencia.
Aquella alma era el aborto espantoso de la codicia y la ambición; la compañía de aquel hombre, era como la sombra venenosa de esos árboles que se encuentran en nuestras montañas: convidan dulcemente durante los ardores del día, y matan al que busca allí un refugio y un consuelo.
Demasiado tarde lo comprendió Rodrigo de Paz.
Preso y encadenado esperaba de un momento á otro que Salazar le enviara desterrado, ó que la Providencia le deparara un momento oportuno para huir é irse en busca de Cortés, en cuya muerte, como muchos, no había creído ni un momento.
Como todos los prisioneros, Paz no pensaba sino en la libertad.
Una mañana, Salazar se presentó en su calabozo; había en el semblante del fiero gobernador una sonrisa de amabilidad y un aire de benevolencia tan extraños, tan forzados, que Rodrigo de Paz se estremeció.
Bajo aquella hipócrita bondad se descubría el fondo de una intención negra; era como un abismo cubierto con un cristal, era como el hacha de un verdugo envuelto en un crespón azul.
La sonrisa del hombre de bien no podía amoldarse sobre el rostro del malvado; era un consorcio sacrílego; de la franqueza simulada y de la perfidia debía resultar una cosa horrible: la hipocresía, el monstruo.
—Rodrigo—dijo Salazar—háste empeñado en labrar tu ruina, á pesar de que yo procuro salvarte.
—No te comprendo—contestó Rodrigo de Paz procurando ocultar su indignación—¿qué puedes reprochar de mi conducta?