—Rodrigo, tú tienes ocultos grandes tesoros que pertenecían á Cortés, tú nos has engañado.

—¡Tesoros!—exclamó Rodrigo de Paz, comprendiendo adónde podía ir á parar todo aquello.—¡Tesoros! nada tengo, y cuanto tenía, está ya en tu poder.

—No me engañes, Rodrigo; ¿por ventura cuánto tenía Cortés me has entregado?

—Todo absolutamente: ¿no se han inventariado los bienes? ¿no se han almonedado? ¿no habéis ya extraído el oro que depositado se hallaba en San Francisco? ¿no habéis dispuesto de los bienes de Gonzalo de Sandoval y de otros capitanes?; entonces ¿qué más queréis?

—No vengo á dar contigo mi residencia—contestó friamente Salazar—sino á amonestarte que entregues esos tesoros.

—Y yo te contesto que mal pudiera entregar tesoros que no existen.

—¿No?

—Nó, lo he dicho.

—Bien, tú lo has querido.

Y Salazar salió violentamente del calabozo.