Rodrigo le miró salir con terror, comprendiendo que algo espantoso se preparaba contra él.
Y no se engañaba: un momento después, hombres siniestramente cubiertos con capuchones y antifaces, penetraron en el aposento: mudos y sombríos se acercaron al preso, y sin contestar á sus preguntas, y sin escuchar sus razones, le sentaron en un sitial, y le ataron allí por los brazos y la cintura.
Rodrigo creyó que había llegado para él el último instante, cerró los ojos y comenzó á murmurar una de esas oraciones, que perdidas muchas veces entre los vagos recuerdos de la niñez, vuelven puras y fervientes á la memoria y á los labios del hombre, en los momentos de la suprema tribulación.
Los verdugos con una destreza increíble quitaron el calzado y las calzas á Rodrigo, que esperando la muerte y como para no verla venir, cerraba los ojos con obstinación.
De repente el infeliz lanzó un grito agudo y desgarrador: aquellos hombres vertian sobre sus desnudos piés aceite hirviendo.
—¡Jesús me ampare!—exclamaba—¡Infames!
—Confiesa en dónde tienes ocultos esos tesoros—dijo con una calma infernal el gobernador.
—He dicho la verdad—contestó con energía Rodrigo.
—Pues adelante.
Entonces siguió aquella espantosa operación; tras el aceite vino el fuego, el fuego que hacia hervir aquellas carnes; las llamas lamian como con placer aquellos pies ungidos, y sobre los que se tenía cuidado de seguir virtiendo aceite.