—¡Salazar! Salazar!—gritaba Rodrigo—no seas cruel, todos sus tesoros se los ha llevado Cortés á las Hibueras...... déjame, déjame.... te lo juro!

—Mientes—contestaba Salazar.

Y el tormento seguía, y aquellos pies habían perdido su forma, y en algunas partes ardían, y levantaban llamas, y se desprendía de ellos un líquido sangriento, espeso, que caía algunas veces encendido, y la piel se tostaba, y se levantaba y se arrollaba, y los músculos se retorcían, y las carnes se hinchaban rápidamente, y se abrasaban produciendo un ruido débil, pero horroroso.

Después de esto seguían los huesos, que crujian y que estallaban como si fueran de cristal, y los dedos comenzaron á desprenderse y á caer, como informes masas, negras, hinchadas, fétidas.

Y todo esto en medio de un humo denso, nauseabundo, y entre los gritos y los aullidos, y las quejas y las maldiciones del infeliz Rodrigo.

Los pies habían desaparecido; Salazar nada había logrado descubrir.

Rodrigo se desmayó por fin, y cesó el tormento.

La tarde de aquel mismo día, Rodrigo de Paz era sacado de su prisión y conducido hasta el pie de una horca que había en la plaza.

Rodrigo no podía caminar, porque el fuego le había consumido los pies hasta los tobillos, y le llevaban entre cuatro hombres.

Al llegar al patíbulo, y en el momento en que el verdugo iba á colocarle el dogal, Salazar se apareció.