Los mexicanos recién convertidos eran los primeros y más solícitos en acudir á la misa; y era que había castigo de azotes para el que faltase.

Permitirán nuestros lectores que se interrumpa por un momento el hilo de nuestra comenzada narración, para referir, á propósito de la asistencia á la misa, una anécdota de la vida de Hernán Cortés.

Luego que se establecieron en México, después de la toma de su capital, los primeros templos católicos, Hernán Cortés publicó una ordenanza disponiendo que ninguno fuese osado de no asistir á la santa misa los domingos y días de fiesta, desde antes del Canon, bajo la pena de azotes al que á dicha prevención faltase.

Un domingo comenzó la misa, y la gente extrañó que el general no se hubiera presentado en la iglesia; pero conocida su piedad religiosa y lo severo de sus ordenanzas, que á nadie exceptuaban, calcularon todos que enfermo estaría de gravedad.

De repente oyóse un rumor por la puerta de entrada, y todos los rostros se volvieron para mirar al que tan tarde llegaba exponiéndose así al castigo, y encontraron con asombro que era el mismo señor Hernando Cortés que atravesó el gentío y fué á arrodillarse devotamente delante del altar.

Concluyó la misa, y allí mismo, delante de aquel concurso, Cortés fué despojado de la ropilla y de la camisa y azotado en las espaldas desnudas por un sacerdote, conforme á lo dispuesto por su ordenanza.

Conservóse el recuerdo de este suceso notable en una pintura que existió muchos años en una capilla que estaba situada en el cementerio de Catedral, y fué ejemplo saludable para todos los habitantes de la ciudad.

Por eso apenas se escuchaban los primeros tañidos de las campanas, todo el mundo salia con precipitación de su casa.

En el domingo á que nos referimos había también en México una gran novedad: el gobernador Gonzalo de Salazar daba un banquete á sus amigos en una casa de su propiedad en el barrio de San Cosme.

Lucida comitiva acompañaba á Salazar y le cortejaba: damas y caballeros de la naciente nobleza de México, empleados superiores, caciques amigos, y detrás de todos, una escolta de más de doscientos hombres de toda su confianza, perfectamente armados.