Aquella comitiva salió de la casa de Cortés, en donde vivía Salazar, y se dirigió por la calle ó calzada de Tacuba, para San Cosme; los transeuntes se detenían para contemplar tanto lujo, y las damas salían á los balcones para mirar aquel soberbio acompañamiento: eran los primeros albores de la corte de los virreyes.

En este mismo momento, por otro lado de la ciudad entraba un hombre que trazas tenía de haber atravesado un largo y difícil camino.

De aquel hombre no podía decirse con seguridad si era un soldado ó un paisano, porque lo parecía todo, aunque examinando detenidamente su destrozado traje nada podía inferirse de él.

Sin embargo, en lo que no podía caber duda era en que caminaba de prisa y procuraba recatarse de las gentes.

Atravesó sin detenerse por las calles de Iztapalapa, como se llamaban las que hoy son del Rastro, llegó á la plaza mayor y se dirigió sin vacilar al monasterio de San Francisco.

En estas calles había muy pocos transeuntes, porque todos se habían ido para la de Tacuba con objeto de ver al gobernador.

El hombre misterioso aprovechó esta circunstancia, apretó el paso y muy pronto se encontró en el monasterio de San Francisco.

Aquel monasterio parecía una ciudad según el número de personas que dentro de él estaban.

Chirino y Salazar, apoderados absolutamente del mando después de la muerte de Rodrigo de Paz, comenzaron á perseguir con tal encarnizamiento á los amigos de Cortés, que todos ellos no encontraron otro medio de libertarse que buscar asilo en San Francisco.

Por eso el recién venido se encontraba allí, con aquella gran multitud: pero sin duda aquel hombre tenía ya conocimiento de lo que ocurría, porque siguió allí con la misma conducta que en la calle: con nadie se detuvo ni á nadie habló hasta haber encontrado á Pedro de Paz, hermano de Rodrigo de Paz.