Serían las once de la noche, reinaba en la ciudad el más profundo silencio; ni un hombre se veía transitar por las calles, parecía que todos los habitantes dormían el sueño de la muerte; ni un ruido en las plazas, ni una luz en las ventanas, ni un eco siquiera de esas canciones ó de esas músicas que se escapan, en las altas horas de la noche, del interior de las habitaciones en todas las ciudades populosas.
El lánguido rumor del viento entre los pocos árboles que entonces había en México, y el lejano ladrido de los pocos perros que entonces había, esto era todo.
Sin embargo, ni en la casa de Hernán Cortés dormía Salazar, ni en el convento de San Francisco los allí retraidos.
La vida toda de la ciudad parecía haberse concentrado á esos dos lugares.
En San Francisco se preparaba el ataque; en la casa de Cortés la defensa.
Los retraidos en San Francisco habían citado al Ayuntamiento, y no habían conseguido que fuera más que un alcalde y algunos regidores, pero de la nobleza y los particulares reunieron más de cien personas.
Cortés en su carta nombraba para gobernador á Francisco de Casas; pero Francisco de Casas no estaba en México, y era urgente proveer á la necesidad y colocar á otro en su lugar.
Mil arbitrios se propusieron, y no faltó quien llegara á opinar que podía borrarse el nombre de Casas en la provisión de Cortés y sustituirle con otro más á propósito.
La incertidumbre seguía, y la noche avanzaba, y todos sabían ya que el gobernador Salazar algo había maliciado y aprestaba sus tropas para atacar ó resistirse.
—El tiempo vuela—dijo Jorge de Alvarado—y la indecisión es ahora nuestro mayor enemigo; resolución, y adelante.