—Y bien, ¿qué hay que hacer?—preguntó Andrés de Tapia que hasta aquel momento se consideraba como el jefe de los amigos de Cortés perseguidos por Salazar.
—Ante todo, prender á ese hombre—contestó Alvarado—quitarle el poder, impedirle que se fortalezca y pueda resistirnos.
—¿Tienes algún plan?
—Sí.
—Pues díle.
—Escuchadme—dijo con solemnidad Alvarado—en este momento no tenemos aquí más que cien hombres de combate, pero decididos á morir ó á castigar la perfidia y la tiranía de ese mónstruo: ¿es verdad?
—Sí—contestaron los presentes con una especie de rugido.
—Bien; tú, Andrés de Tapia, ¿tienes en el convento armas y caballos para estos hombres?
—Y para otros más—contestó Tapia.
—¿Y hasta qué número puedes armar?