El palacio actual fué edificado por Cortés en el mismo lugar donde estaba la casa de Moctezuma. Tenía cuatro torreones, dos puertas al frente y su balconería. No tenía añadidos, como hoy, ni la casa de moneda ni los cuarteles. Don Martín Cortés lo vendió al rey de España en cosa de treinta y cinco mil pesos, y poco antes de que pasaran los sucesos de que nos ocupamos, el virrey, la audiencia y otras oficinas se habían trasladado al palacio, pues antes residían en las casas que se llamaban del Estado.

La Diputación no tenía portalería. Era un edificio sólido y triste con dos baluartes. En la plaza que es hoy del Mercado, había una construcción de paredes altas sin balconería y con raras y estrechas ventanas, propiedad del conquistador, y donde se alojaban los indios de Coyoacán cuando venían á verle. El lugar que ocupa hoy la Universidad era un pantano inmundo, y un canal venía pegado al costado del palacio y se prolongaba hasta el callejón de Dolores, donde está hoy la casa de Diligencias. Los portales de las Flores, el de la Fruta y otros dos pequeños, estaban edificados y tenían unas escaleras que descendían al canal, y allí las canoas y piraguas desembarcaban sus efectos. Las casas de Cortés ocupaban todo lo que hoy se llama el Empedradillo, y daban vuelta por Tacuba, donde se encontraba la tapia de una huerta inmensa. El frente de estos palacios era como el de un castillo, con torres en las esquinas y almenas en las azoteas.

La catedral actual se comenzó á edificar posteriormente, y entonces había un templo pequeño que llamaban la Iglesia Mayor, y en la esquina frente al castillo del Marqués parece que había una torre aislada que llamaban la Torre del Reloj. En la esquina de la primera calle del Reloj, y que se llamaba de Ixtapalapa, donde ahora está la botica de Cervantes, estaba la casa de Alonso de Avila, formada en su mayor parte con las piedras labradas y con los ídolos de los templos mexicanos que estaban situados á poco más ó menos en donde es hoy la calle de Santa Teresa. La plaza mayor se formaba con estos edificios y estaba despejada y con un piso de tierra, con excepción de algunos tramos cercanos á las casas, que estaban cubiertos con los restos de las losas y piedras de los templos aztecas. Esta topografía, enteramente distinta de la que nos presenta hoy la plaza y sus cercanías, nos permitirá tener una idea más aproximada del carácter de las festividades que se dispusieron para el bautismo de los dos gemelos.

El aparato real que combinó el marqués con sus hermanos y amigos, se desplegó en toda su magnificencia el 30 de junio de 1566, que fué el señalado para el bautismo. Se construyó un primoroso tablado de cuatro varas de alto y seis ú ocho de ancho, por donde podía pasar todo el acompañamiento desde el interior de la casa del marqués hasta la iglesia mayor. Los padrinos fueron Don Luis de Castilla y Doña Juana de Sosa su mujer, y echó la agua á los gemelos el deán Don Juan Chico de Molina. Al salir la comitiva se disparó toda la artillería que se había sacado á la plazuela, y al regresar se repitió la descarga. En seguida, doce caballeros armados de punta en blanco hicieron sobre el tablado un torneo y lucharon valerosamente, dejando asombrada á la multitud por el brillo y riqueza de sus armaduras y por su destreza en manejar las armas.

La plaza mayor se convirtió, como por encanto, en un espeso bosque donde se veían altos cedros, encinas y otros árboles de la montaña; cerróse completamente con altas cercas de césped, y allí se pusieron venados, liebres, codornices y cuanto animal se pudo recoger, y diestros cazadores vestidos á la usanza indígena organizaron una partida de caza que divertía á todo lo más granado de la nobleza que en los balcones gozaba de la extraña novedad de este espectáculo. En la puerta principal de la casa del marqués, había de un lado un enorme tonel lleno de vino tinto, y otro de vino blanco en el extremo opuesto. Dos criados negros daban de beber á todo el pueblo, que entrando al patio cortaban en seguida grandes rebanadas de un toro asado, que entero y de pie estaba colocado en el centro. Este banquete se renovó constantemente durante ocho días. Excusado es decir que el pueblo ocioso, entusiasmado y sorprendido con festividades que antes no se habían visto y que no se volverán á ver otra vez, pasó una semana entre la borrachera, la alegría, el juego y el amor, pues la situación entonces de la ciudad, los tablados y bosques artificiales y la holganza extraordinaria, favorecían toda clase de desvaríos y de ilícitas alegrías. En medio de esta continua orgía solían aparecer tres bultos silenciosos envueltos en negros ferreruelos, que todo lo observaban y que de vez en cuando se descubrían un poco, y arrojaban con sus ojos, luminosos como los de las hienas, amenazantes miradas á la juventud alegre, bulliciosa y elegante que rodeaba al marqués. Cuando se buscaba con más empeño á estas tres sombras entre la multitud, desaparecían como si una hechicera invisible los arrebatara repentinamente por los aires.

V
La orgia y la conspiracion

Mientras el pueblo se divierte sin apercibirse del verdadero motivo de tanta bulla y de tanta fiesta, es necesario que entremos otra vez al interior de la casa del Marqués y asistamos á uno de los espléndidos banquetes en que se regalaba la nobleza, mientras el pueblo comía sus trozos de toro asado.

El comedor era un salón que tenía más de veinticinco varas de largo y siete de ancho, con los techos formados con vigas labradas de oloroso cedro; pero al entrar en la noche, era necesario ponerse la mano en los ojos para no cegar con los reflejos de tantas vasijas, platos y vasos de plata y oro como estaban colocados en los aparadores que cubrían la pared, casi hasta el labrado artesón.

Entraron al comedor en una de esas noches, D. Martín y D. Luis, que eran hombres por temperamento quietos, pero que á la sazón tenían que seguir la corriente de los acontecimientos, y no veían tampoco con indiferencia que su hermano llegase á ser el rey y señor de la Nueva-España. Tras de ellos fueron entrando sucesivamente D. Luis y D. Lorenzo de Castilla, D. Lope de Sosa, D. Hernán Gutiérrez de Altamirano, D. Diego Rodríguez Orozco, D. Bernardino Pacheco de Bocanegra, D. Fernando de Córdova y otra multitud de caballeros, todos amigos y partidarios del Marqués. Aun no se acababan de reunir y se saludaban y dábanse las manos, cuando entró éste.

—Extraña sorpresa, dijo, echando una mirada á la espléndida mesa que estaba ya puesta y aderezada.