—Seguramente es invención de Alonso de Avila, dijo D. Martín, y no sabemos cómo completará esta festividad tan extraña.
—Por Dios, exclamó D. Hernán Gutiérrez, que esta vajilla con ser de tierra no es menos curiosa que la de plata.
El Marqués y sus amigos se pusieron á examinar la vajilla que por orden de Avila se había construído, y era toda de barro tan primorosamente labrado, que cada pieza era curiosidad digna de un museo. Este servicio de mesa, hecho por los indígenas mexicanos, había sido sustituído al de plata del Marqués que se hallaba distribuído en los aparadores, con excepción de una primorosa taza de oro que tenía la forma de una corona, y que estaba intencionalmente colocada en el lugar preferente de la mesa en que debía sentarse el Marqués del Valle.
Cada uno decía algo á propósito del servicio indígena, cuando se presentó un paje que habló al oído del Marqués y salió inmediatamente.
—Por mi fé, caballeros, dijo el Marqués, que no sé lo que Avila tiene dispuesto; pero sea lo que fuere, él nos manda la orden de que nos sentemos á la mesa, y debemos obedecerle.—Todos los caballeros que hemos mencionado, el Deán Chico de Molina y otros más que habían entrado tomaron sus asientos y comenzaron á comer y á catar los ricos y exquisitos vinos españoles de que tan bien provistas estaban las bodegas del palacio.
Escuchóse el ruido del teponaxtle y de otros instrumentos indígenas, y casi al instante fué entrando al comedor el emperador Moctezuma, los reyes de Texcoco y Tlacopan y multitud de caciques nobles vestidos con tal propiedad, que si D. Hernando hubiese resucitado, trabajo le habría costado reconocer á los españoles bajo el disfraz indígena. Alonso de Avila desempeñaba el papel del emperador Azteca, y sus amigos el de los reyes y nobleza mexicana.
Saludaron al Marqués con la ceremonia indígena, se confesaron sus vasallos, le reconocieron como á su único y legítimo soberano. El fingido Moctezuma puso en el cuello del Marqués un sartal de flores y de joyas de gran valor, y los reyes colocaron en la cabeza del Marqués y de la Marquesa que se hallaba en una pieza inmediata, unas coronas de laurel, y luego en coro toda aquella loca y alegre mascarada azteca dió un grito diciendo: «¡Oh, qué bien les están las coronas á vuestras Señorías!»
Acabada esta ceremonia se incorporaron á los convidados y se sentaron á comer. El vino circuló con profusión, los brindis comenzaron y las conversaciones no tuvieron freno.
—No hay que perder un momento más, dijo Avila. Días y semanas han transcurrido, y nosotros llenos de miedo por tres viejos estantiguas.