—¿Todos son de los nuestros?—preguntó D. Luis de Castilla.
Alonso de Avila se levantó, recorrió uno á uno á los convidados, y luego volvió á sentarse diciendo: podemos hablar; todos somos los de la familia del Marqués.
—¿Por fin se ha convenido en algún plan?—interrogó Nuño de Chávez.
—Está definitivamente fijado, y voy á explicarlo en dos palabras, pero con la copa en la mano y brindando por el legítimo y futuro soberano de México.
Todos se levantaron, y un grito de aprobación y de júbilo se escuchó en el palacio. El Marqués se puso un poco encendido, sonrió, bajó los ojos y dijo á su compadre Castilla que estaba junto de él:—Es todo una chanza, un juego, una diversión de mis amigos....
—Veamos el plan, dijeron varios.
—Silencio, dijo Avila, y caiga la maldición de Dios y la excomunión de la Iglesia sobre el que revele á los enemigos una sola palabra de lo que aquí va á decirse.
Los caballeros se pusieron en pie y llevaron la mano al puño de su espada.
Alonso de Avila hizo sentar á los convidados, y él en pie comenzó á hablar:
—Los encomenderos todos están en nuestro favor, porque van á ver perdidas sus riquezas con las nuevas leyes de España; los indígenas veneran la memoria del conquistador y aman al Marqués; la juventud y la nobleza adora al que es el modelo de la caballería: conque si con tales cosas contamos, ¿por qué hemos de sufrir por más tiempo el yugo y la dependencia de España? Hagámonos señores de la tierra que nuestros padres conquistaron con su sangre, dictemos leyes para nuestra felicidad, sacudamos la tiranía y arrojemos á todos esos virreyes, oidores y visitadores que vienen á poner el pie en nuestros cuellos. ¡¡Viva la independencia, viva el marqués del Valle, nuestro señor!!