Alonso bebió hasta la última gota del vino que tenía en un gran jarrón, y lo mismo hicieron todos los demás, secundando el brindis con estrepitosos aplausos.
—Aun no he concluido, gritó Alonso de Avila así que se hubo restablecido el silencio. Todo está fijado para el día de San Hipólito martir, en que sale del palacio la procesión del Pendón.—Se está construyendo un gran navío que se colocará en la plazuela como una de tantas cosas de la solemnidad de la toma de México; pero ese navío estará como el caballo de Troya, preñado de soldados y también meteremos unas cuantas piezas de artillería. Cuando los oidores pasen por la esquina de esta casa donde está la torre, D. Martín descenderá como para atacar á los del navío, y en medio de esta farsa caeremos sobre los oidores, y matándolos echaremos sus cadáveres al canal ó á la plaza. Una campanada del templo mayor avisará á los hombres de armas que tendremos en la calle y se encargarán de dar muerte á D. Luis y á D. Francisco de Velasco, á los oficiales reales y á todas las personas que se opongan á la rebelión. Una capa encarnada que moverá en la azotea del palacio el Lic. Espinosa, será la señal para el toque de las campanas, y á ese mismo tiempo se pondrá fuego al archivo y á todas las oficinas para que no quede ni el nombre del rey de Castilla.
Los convidados quedaron mudos; el prospecto de incendio, de sangre y de asesinatos había hecho pasar alguna cosa como un viento frío en sus frentes ya ardorosas por el licor.
—¿Tendremos miedo?—preguntó fieramente Alonso de Avila encarándose con los convidados.
La palabra miedo pronunciada entre hidalgos españoles hizo cambiar la escena. Todos llenaron sus vasos, bebieron y brindaron de la manera más terrible. Realmente hacían bien; el único poder armado en México era el Marqués. ¿Qué podían hacer tres viejos hurones metidos en sus casas y retirados del centro de la ciudad?
El Deán Chico de Molina se levantó, y pidiendo la atención y el silencio, tomó solemnemente la taza de oro y la puso en la cabeza del Marqués, diciéndole: ¡Qué bien que le está á la cabeza de vuestra Señoría!
—Chanzas, chanzas todas, dijo el Marqués dirigiéndose de nuevo á su compadre D. Luis de Castilla, y quitándose modestamente la taza de la cabeza, la llenó de vino y bebió.
—A las chanzas pesadas, dijo D. Luis de Castilla, y bebió también.
El entusiasmo no tuvo límites, los brindis siguieron hasta la media noche, pero al fin se levantaron los manteles, y los caballeros que tenían sus escuderos y sus corceles en los patios, montaron á caballo y formaron una rica y costosa Encamisada recorriendo y alborotando la ciudad con hachas encendidas y combatiendo y tirándose con alcancías, que eran unas bolas de barro rellenas de harina ó ceniza.
De en medio de este torbellino de borrachos alegres y de atrevidos conspiradores, se deslizaban de vez en cuando unas figuras negras y misteriosas que desaparecían apenas alguno fijaba en ellas sus ojos. El Marqués observó algo de esto una ocasión, y sintió, sin saber por qué, un ligero calosfrío.