VI
Los Oidores
Terminadas las espléndidas fiestas del bautismo de los dos gemelos, la ciudad volvió á su estado aparente de quietud y monotonía, el bosque desapareció de la plaza, y la casa del Marqués era únicamente visitada por sus hermanos y por uno que otro caballero de su intimidad. Los conspiradores se reunían de noche en la casa de Alonso de Avila. Su hermano Gil González apenas había tomado parte en todo esto, y permanecía fuera de México la mayor parte del tiempo cuidando una encomienda.
Los únicos que todo lo sabían, que todo lo observaban, eran los oidores, que eran en ese tiempo el doctor Don Francisco de Ceynos, Don Pedro de Villalobos y Don Jerónimo de Orozco. Reuniéronse un día en la Audiencia, que era un departamento oscuro y sombrío del palacio, cuyas ventanas daban á los sucios albañales que había, donde después se construyó el mercado y la Universidad.
—Supongo que todo lo sabeis, dijo el doctor Ceynos arrugando las cejas, despidiendo al alguacil que estaba en la puerta y cerrándola.
—Todos los fieles vasallos de S. M. hemos presenciado el escándalo de los desleales y traidores que quieren alzarse con la tierra, dijo Orozco; pero ¿cómo hacer, cuando ellos tienen las armas y la fuerza, y á los encomenderos y á los mismos indios de su parte? Nosotros realmente somos impotentes y estamos odiados.
—No hay más remedio que ahorcarlos á todos, interrumpió Villalobos.
—Es lo mismo que yo había pensado, y todavía más, lo he dispuesto así, y salva la opinión de vuestras señorías, lo haré como lo digo, contestó el doctor Ceynos. Desde que el reverendo Fr. Domingo de la Anunciación me reveló la confesión de Fortún del Portillo, que era nada menos que el encargado de asesinarnos, he seguido los pasos del Marqués y de los Avilas, y hoy puedo decir todo lo que está preparado para el día de San Hipólito mártir. Aquí tenemos también la denuncia de Velasco y de Villanueva.
—Nosotros lo sabemos también todo, quizá lo hemos oído á esos insolentes borrachos que se regalaban en casa del Marqués; pero repetimos, ¿cómo hacerlo?
—Voy á decirlo; y si teneis valor, fe en la justicia y amor á nuestro soberano, no se necesita más sino que juguemos la partida. Bien sé que se corre riesgo, pero también es nuestra única salvación, porque de lo contrario, un día ú otro seremos asesinados.
—Seguiremos la suerte de nuestro presidente, dijeron los dos oidores.