—Ha llegado un navío á Veracruz con pliegos de España.
—Lo sabemos.
—Pues no hay más camino sino llamar al Marqués hoy mismo á la Audiencia, diciéndole que el Rey manda que ciertos pliegos se abran en su presencia. Una vez que esté aquí, le prenderemos.
—Los dos oidores se levantaron de su silla, sorprendidos de tanta audacia.
—Y le degollaremos en seguida, lo mismo que á todos los demás. Aquí teneis la lista de los conjurados, todos deben reducirse á prisión en un mismo día y á una misma hora; de lo contrario somos perdidos: uno solo que quede, alborotará la ciudad, sacará la artillería de la casa del Marqués, y sus criados bastarán para arrollarnos.
—¿Teneis gente dispuesta?—preguntó Villalobos.
—Poca, pero decidida y bien pagada, contestó Ceynos, y además cuidan del lance enemigos personales de los Avilas, de los Bocanegras y del Marqués: no nos faltarán.
—Entonces manos á la obra, respondió Villalobos, y no hay que pensarlo mucho.
Un atento recado al marqués del Valle hizo que éste, ó ajeno de la celada que se le tendía, ó demasiado confiado, acudiera inmediatamente.
Luego que se presentó en la sala, le ofrecieron con mucha cortesía un asiento, mientras otro de los oidores mandó ocupar las puertas con la gente armada, que de antemano había preparado Ceynos.