III
Hubo una época en que una tertulia de hombres eminentes y distinguidos gobernó á México. Esta era la tertulia que se reunía en la casa de D. Mariano Otero.
Otero era redactor en jefe del Siglo XIX, senador, después ministro. Yáñez era diputado, después fué ministro. Lafragua, diputado varias veces, después también ministro. No había persona de las que concurrían habitualmente, que no ejerciese un importante cargo público y un influjo más ó menos eficaz en los asuntos del gobierno. El alma de toda esta reunión era D. Manuel Gómez Pedraza, que jamás en su delicadeza y respeto por los demás, pretendió constituirse en director ó jefe; pero que se complacía en los últimos años, de ejercer su influjo y de tener íntima amistad con personas cuyos talentos él más que nadie sabía estimar. A esta reunión de liberales moderados pertenecía Comonfort, y fué verdaderamente la época en que se colocó en una esfera de acción y comenzó á tomar más ó menos parte en la política.
Antes había ya dado una prueba de patriotismo y de valor personal. Había sido militar, como muchos mexicanos, de milicias nacionales; pero no era su profesión: sin embargo, cuando las fuerzas americanas llegaron al Valle de México, y el general Santa-Anna se puso al frente del nuevo ejército que formó, Comonfort ofreció sus servicios y desempeñó el cargo de ayudante en toda la campaña del Valle, atravesando por entre las balas y la metralla, y dando pruebas de una serenidad y una calma, en medio del peligro, que le captó las simpatías de los antiguos oficiales que servían en los cuerpos de las tropas de línea. Concluída la campaña, volvió Comonfort á su vida quieta y á sus ocupaciones privadas.
En la tertulia de Otero, Comonfort era verdaderamente querido de todos. De un carácter extremadamente complaciente y suave, de unas maneras insinuantes, de unos modales propios de una dama, como decía Pedraza, no había persona que le tratase, aunque fuese un cuarto de hora, que no quedase prendado de su amabilidad. Así sucedió constantemente durante su gobierno, y más de un enemigo que hubiese querido aniquilarle, se reconcilió con solo una media hora de conversación. Decían que Maximiliano era en su trato verdaderamente seductor. Yo no he conocido otro hombre más agradable, por sus maneras, que Comonfort. La finura y cortesía del gentilhombre francés de los buenos tiempos, estaba personificada en él.
IV
Comonfort se hallaba en 1854 de Administrador de la Aduana de Acapulco. Santa-Anna, que gobernaba entonces, le destituyó. He aquí el principio pequeño de una gran revolución social que se llamó de la Reforma, y que se ha enlazado posteriormente con sucesos tan importantes como fueron los de la intervención, y hoy mismo la próxima destrucción de la dinastía de los Bonaparte.
Comonfort fué el verdadero promovedor y autor del Plan que proclamaron en Ayutla los generales Alvarez, Moreno y Villareal, que se reformó en Acapulco, el 11 de Marzo de 1854. Sosteniéndolo con las armas en la mano, se hizo notable Comonfort, no sólo como hombre de valor, sino como caudillo dotado de una gran constancia y de cierta capacidad militar. Fué realmente una aparición repentina en la escena de nuestro gran drama revolucionario, que recordaba aquellas figuras que se levantaban repentinamente de cualquiera parte, en los últimos años de la dominación española.
Santa-Anna, que por política ó por carácter había sido el amigo de todos los partidos y el favorecedor de todos los partidarios, en la última vez que gobernó el país fué perseguidor, vanidoso, vengativo, hasta cruel. Esta tiranía y el aparato monárquico con que revistió su gobierno, chocó generalmente á los mexicanos; así, que en los últimos días del año de 1853, tenía ya la opinión pública enteramente contraria, y su administración sin recursos pecuniarios no contaba con más apoyo que el de la fuerza armada. La revolución de Ayutla era la chispa, pero el reguero de pólvora estaba ya tendido de uno á otro extremo del país. Los gobiernos personales han sido frecuentes en la República: como el gobierno personal ya cansaba al carácter movible de los mexicanos, un plan que prometiese una organización constitucional debía tener eco en toda la República; como en efecto lo tuvo el de Ayutla.
Santa-Anna despreció al principio este movimiento; pero pocos días bastaron para persuadirle que si no le sofocaba, prontamente podría acabar con su gobierno. Como todo gobierno que está para caer, multiplicó sus actos de opresión, y no confiando desde luego en ninguno de sus generales, ó creyendo conquistar fácilmente una gloria militar, se puso á la cabeza de una división de cinco mil hombres y marchó al Sur.