Venciendo las dificultades de un país desprovisto de recursos, y los ataques poco importantes de algunas guerrillas, Santa-Anna llegó frente al puerto de Acapulco el 19 de Abril de 1854.
La gloria de Santa-Anna se apagó para siempre en esta jornada, y Comonfort comenzó á ser el hombre de la revolución y el personaje distinguido de la época. Se encerró con un puñado de hombres en el castillo de San Diego, y de allí no le sacaron ni los cañonazos ni el oro. Santa-Anna llevaba y ofrecía pólvora y oro, y la influencia y dinero de D. Manuel Escandón, no fueron del todo extraños en esta expedición.
Santa-Anna, que temió acabarse de estrellar y perecer con todo su ejército en las ásperas montañas del Sur, levantó el sitio de Acapulco y regresó á la Capital, teniendo que forzar varios pasos y que perder en cada uno un pedazo de su prestigio y algunos de sus soldados.
El dinero que recibió Santa-Anna por el tratado de la Mesilla, prolongó por unos días más su existencia; pero la revolución creció en el Sur y se propagó por Michoacán y Tamaulipas.
Entretanto, Comonfort salió de Acapulco para San Francisco de Californias, donde no pudo conseguir ningunos recursos. De San Francisco pasó á Nueva-York, y allí encontró á D. Gregorio Ajuria. Era hombre especulador y audaz, y jugó un verdadero albur. Prestó á Comonfort sesenta mil pesos, parte en dinero y parte en armas, estipulando que recibiría doscientos cincuenta mil pesos si la revolución triunfaba. La revolución triunfó, y Ajuria fué pagado, y más adelante arrendó, en compañía con otra persona, la Casa de Moneda de México.
El lance fué atrevido, y sea lo que se fuere, Comonfort regresó á Acapulco el 7 de Diciembre de 1854 con algunos recursos, y la revolución tomó un carácter más positivo y más serio. Comonfort pasó al Estado de Michoacán con el carácter de General en Jefe de las tropas de aquel Estado, y Santa-Anna, por su parte, salió también de la capital con un ejército á combatir á su enemigo; pero regresó el 8 de Junio de 1855, sin haber podido obtener sino triunfos efímeros, y dejando en peor estado el resto del país donde cundía el incendio de la revolución.
V
El 13 de Agosto de 1855 fué día de holgorio y de fiesta revolucionaria para el pueblo de la capital. Los bustos de mármol del Ministro D. Manuel Diez de Bonilla, los libros de pastas blancas italianas, el piano, los retratos del personaje, los muebles, todo volaba de los balcones á la calle, donde la plebe furiosa se arrojaba sobre los destrozos del menaje del que representaba la aristocracia pocos días antes y lo entregaba á las llamas. Por otras calles conducía una multitud frenética los coches de Santa-Anna, untados de brea y ardiendo como unos hornos ó fraguas ambulantes. El aspecto de la ciudad, llena de gentes de los barrios dispuestas á la venganza y próximas al furor y al desbordamiento, hicieron que los habitantes cerraran sus casas y tiendas, y que los hombres que habían hasta ese momento gobernado, se pusieran en salvo.
¿Qué cosa había ocasionado este movimiento?
Santa-Anna, cansado ya de luchar y persuadido de que no podía dominar la revolución, abandonó el gobierno, y á las tres de la mañana del 9 de Agosto salió para Veracruz, donde llegó pocos días después y se embarcó con dirección á la Habana.