Las tendencias progresistas se hicieron sentir forzosamente en la administración, y la reforma tenía que comenzar. D. Miguel Lerdo de Tejada ocupó el Ministerio de Hacienda con ese designio, y la ley de 25 de Junio continuó la reforma civil que se había ya comenzado sin éxito, hacía algunos años, por D. Valentín Gómez Farías, el Dr. Mora y el Lic. D. Juan José Espinosa de los Monteros.

Comonfort, no sólo por opinión sino por carácter, era moderado. Enemigo de la violencia, lleno de bondad no sólo con sus amigos sino con sus enemigos, nada de lo que se le pedía negaba, y pasaba por falso cuando no le era posible contentar todas las aspiraciones ni llenar todas las exigencias de los que siempre solicitan favores del hombre que gobierna. Con un fondo tal de carácter, los choques que debía producir en su espíritu y en la ejecución material todo lo que era necesario hacer para llevar á cabo lo que el partido progresista exigía, eran demasiado fuertes y superiores á su organización. Valiente por naturaleza, ni el temor de ser asesinado, ni las balas, ni los cañones le amedrentaban; pero vacilaba ante las observaciones de los hombres notables del partido conservador, á quienes siempre trató con una grande consideración. Lo que labraba en su ánimo en el día el partido progresista, lo destruía en la noche el partido conservador, y venía á quedar en ese término moderado; quizá bueno en unas circunstancias normales y ordinarias, pero peligroso é inútil en las crisis políticas, que tienen forzosamente que sufrir á su vez y en determinado tiempo todas las naciones. Quería la reforma, pero gradual, filosófica, sin violencia y sin sangre. Esto era imposible; tanto más, cuanto que el clero, después de la ley de 25 de Junio, tenía ya que defender sus cuantiosos bienes materiales y su eterno principio de administración de esos bienes, sin ninguna ingerencia de la autoridad civil!

Así combatido, como la nave por las olas entre dos escollos, su vida era una verdadera tortura, y las medidas del gobierno parecían algunas veces enérgicas y decisivas, y otras débiles é ineficaces. El 5 de Febrero de 1857 se promulgó la Constitución.

La Constitución era una base que se trataba de hacer normal y permanente para el orden de la sociedad. La Reforma tenía que ir más adelante. ¿Cómo habían de conciliarse estas dos fuerzas morales que luchaban en el seno mismo del Congreso? La solución tenía que ser violenta y revolucionaria. Este fué el golpe de Estado, y sin él, la Reforma, tal cual se realizó, habría sido imposible, como habría sido también imposible, sin el golpe de Estado de Chihuahua, el completo y definitivo triunfo sobre la intervención europea. El tiempo, la experiencia, y los hechos hacen que los hombres sean más indulgentes, y poco á poco la justicia se hace lugar en la historia de las debilidades y de las pasiones de la humanidad. Hoy se puede presentar el ejemplo patente, vivo é innegable. Si pudiéramos colocarnos en la época de Diciembre de 1857, tendríamos la constitución republicana, pero no tendríamos la Reforma. Hoy existen unidas estas dos cosas, contradictorias entre sí, y el golpe de Estado hizo sobrevivir la Constitución y realizó la Reforma. Que por los medios lentos que el mismo Código señala se hubiera hecho todo lo que hizo el Gobierno de Veracruz, y estaríamos en las primeras letras de este abecedario, que las naciones de Europa no han aprendido sino á costa de los mayores y más terribles desastres. No hay más que recordar los tiempos de Enrique VIII, de Lutero y de la Convención francesa. Clero y aristocracia, moderados y progresistas, comparad, y todos quedaréis contentos de cuán poco ha costado entre nosotros lo que en este momento todavía tiene que comenzar la Francia republicana.

VII

Comonfort fué la víctima. Su carácter, su posición y los acontecimientos, de que él no era el dueño ni el regulador, le condujeron al destierro.

Salió tranquilamente de entre las bayonetas de sus enemigos, tomó el camino de Veracruz, y allí, la buena amistad del gobernador D. Manuel Gutiérrez Zamora proporcionó un asilo al proscrito. Embarcóse, y en breve se encontró en los Estados Unidos, en esa tierra única donde encuentran asilo y seguridad los desgraciados y los proscritos de todo el globo.

Todo el tiempo de la tenaz y larga guerra que se llamó de la Reforma, vivió Comonfort en el extranjero. Restaurada la República, Comonfort trató de volver á su país, de abrirse camino con nuevos servicios á la patria, y de borrar con la brava conducta el error personal que como Presidente había cometido, sin apercibirse acaso de que no había sido más que un medio, un instrumento necesario para el desarrollo de una revolución social. No es el ingeniero que comienza un camino de fierro, el que suele recorrer toda la linea concluída. Así, en la política, el que inició el movimiento progresista, no recogió más que los peligros, las amarguras y los desengaños, y otros fueron los que recogieron la fama, los honores y el poder.

El Sr. Juárez, siempre amigo de Comonfort, le abrió completamente las puertas de la patria, por donde ya el infortunado Don Santiago Vidaurri le había dejado entrar. Comonfort con su familia residió en Monterrey algún tiempo, inspirando celos y temores al partido exaltado, que veía en su residencia en la Frontera, una nueva revolución y un amago á la constitución restaurada. Nada de eso era: Comonfort no quería más que una rehabilitación, y la guerra extranjera le abrió el camino de la Capital.

Comonfort llegó con una corta fuerza compuesta de esos hombres del desierto, fuertes y atrevidos, acostumbrados á luchar en la frontera con los filibusteros y con los indios salvajes. A estas buenas tropas se agregaron otras, y se formó un corto ejército que se llamó del centro, y se colocó en la línea de México á Puebla.