Cerca de dos meses de un sitio riguroso puesto por las tropas francesas á la Plaza, de Puebla, habían necesariamente agotado los víveres y municiones. Se necesitaba á toda costa introducir un convoy, y esta operación imposible se encargó al General Comonfort, y en verdad, de los que la sugirieron los unos obraron por patriotismo y otros por venganza. La muerte ó la derrota eran inevitables. Comonfort no podía tener ni la más remota probabilidad de vencer á un número más que triple de las tropas regulares y bien armadas que mandaba el General Bazaine. Con efecto, el día 8 de Mayo de 1863, en poco más de dos horas, las columnas de zuavos y de feroces argelinos pusieron en desórden á nuestras tropas acabadas de reclutar y de organizar, y ni la muerte de Miguel López, ni la bravura de muchos de los jefes mexicanos, ni la intrepidez de Comonfort que se arrojó en lo más recio de la pelea y buscó desesperado la muerte, ni el sacrificio de muchos infelices soldados que fueron materialmente asesinados por los árabes, fueron bastantes para restablecer la acción que definitivamente fué ganada por el mismo Mariscal que hoy ha dado pruebas en Metz de no haber olvidado las lecciones de constancia, de tenacidad y de desesperada resistencia que aprendió en sus campañas de México. Comonfort había ya recibido un nuevo bautismo, y se presentó en la capital todavía con el polvo y la sangre de la batalla. Puebla, como consecuencia forzosa de la desgraciada batalla de San Lorenzo, fué ocupada por los franceses cuyo general era el memorable Forey, que permaneció todo el tiempo del sitio en el cerro de San Juan, y no se atrevió á entrar á Puebla sino cuando ya habían ocupado todas las calles y fortines las columnas de Bazaine. Forey, que merecía ser destituído y condenado lo menos por diez años á un castillo, recibió sin embargo el bastón de Mariscal.

Cuando los franceses emprendieron la marcha para la capital, se pensó en una nueva defensa; pero, en verdad, pocos elementos existían para esto, y al fin, sin un ejército auxiliar competente para medirse con el enemigo, la suerte hubiera sido igual á la de Puebla, donde la historia no podrá negar que hubo una resistencia, que sin exageración se puede llamar heróica. El Gobierno, pues, salió de la capital, y Comonfort comenzó la larga peregrinación que no había de terminar sino el Sr. Juárez. El 16 de Octubre de 1863 fué nombrado Comonfort general en jefe del ejército que se trataba de reorganizar para resistir sin descanso á la intervención. Este honor, dispensado no sólo por la amistad que profesaban los Sres. Juárez, Lerdo y Núñez á Comonfort, sino porque reconocían en él valor, abnegación y las cualidades militares con que le había dotado la naturaleza, fué el origen conocido y visible de su fin trágico, y de que por uno de esos designios de la Providencia, que escapan á la indagación de la inteligencia humana, muriese obscuramente á manos de unos bandidos, en vez de acabar gloriosamente delante del enemigo extranjero, empuñando la bandera de la Independencia y de la Libertad.

No pudiendo nosotros describir tan minuciosamente ni mejor, los últimos sucesos que acabaron con la existencia de este mexicano distinguido y valiente; copiamos lo que el General Rangel, que fué siempre su íntimo y fiel amigo, escribió con este motivo, haciéndole sólo una ligera variación.

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El general Comonfort fué nombrado general en jefe del ejército, como por el 16 de Octubre, y el 26 marchó para Querétaro, con tan amplias facultades como las que tenía el Presidente de la República, excepto las que se cifraban en ciertas restricciones, impuestas por este mismo magistrado. Establecidas las bases para el plan de operaciones, y las de regimentación de todo el ejército con que se contaba entonces, para su movilidad conforme á dichas bases, faltaban únicamente los caudales necesarios, que se estaban reuniendo en San Luis bajo la influencia del C. Presidente Juárez y por las agencias de su ministro el C. H. Núñez.

El día 8 salió de Querétaro para San Luis el General Comonfort, en compañía del Sr. Cañedo, que acababa de llegar allí de Guanajuato; de un oficial del Ministerio, el Teniente Coronel Vergara; de su ayudante de campo, que estaba ese día de guardia, el Coronel Cerda, y de un empleado de la secretaría particular del Sr. Comonfort, el Comandante Velázquez. El día 9 llegó á San Luis, alojándose en la casa del Sr. Lerdo, y el día 10 recibió libranzas por valor de sesenta y tres mil pesos.

El día 11 salió por la diligencia para Querétaro, con todo el séquito que había traído, y además el C. Coronel Rul, ayudante del C. Presidente.

Poco antes de llegar á la Quemada, alcanzó á la diligencia un extraordinario, por medio del cual el C. Presidente mandaba decir al General Comonfort que se cuidara mucho, porque se decía que en el camino se hallaba una contraguerrilla que le quería salir al encuentro.

El día 12 llegaron á comer á San Miguel de Allende, siempre por la diligencia de Querétaro. Allí determinó el Sr. Comonfort tomar caballos, para continuar por el camino de Chamacuero para Celaya; éstos fueron proporcionados por la autoridad, y se tomaron tantos como eran necesarios para su séquito, que era el mismo con que salió de Querétaro para San Luis, y además un ayudante del C. Presidente, el C. Coronel Rul.

En San Miguel tuvo aviso el General Comonfort, de que los Troncosos, bandidos de profesión, merodeaban por cuenta de Mejía, desde las inmediaciones de Querétaro hasta las de Guanajuato, donde días antes habían asesinado en Burras á un oficial de policía.