El día 13, el General Comonfort salió de San Miguel como á las ocho de la mañana, por el camino de Chamacuero, con su repetido séquito y una escolta de menos de 80 caballos.

Entre San Miguel y Chamacuero encontraron un batallón que iba en marcha para el primer punto, cuyo jefe manifestó al Señor Comonfort hallarse en el camino algunas fuerzas bandálicas, y le propuso escoltarlo, pero él lo rehusó, porque el informe que le habían dado de estas fuerzas, era considerándolas muy despreciables y mal armadas, y porque el mismo jefe le aseguró que había otro batallón situado en Chamacuero.

A esta población llegó como á las once del día, en ella almorzó y recibió detalles más minuciosos del enemigo.

Desde allí mandó un correo extraordinario al C. Ignacio Echagaray, avisándole de que esa misma tarde llegaría á Celaya.

Este extraordinario fué interceptado en el monte de San Juan de la Vega, por una de las contraguerrillas de Mejía, al mando de Aguirre, que se titulaba Comandante, quitándole la comunicación que llevaba y exigiéndole declarase si venía allí Comonfort, con qué fuerza y cuál era la calidad de ésta, á fin de sorprenderlo, dejando entretanto prisionero al correo.

Como á las dos de la tarde salió de Chamacuero el Sr. Comonfort en su carretela, que casualmente había encontrado en San Miguel, con dirección á Querétaro. El Coronel Cerda se ofreció á montar en el pescante, con el fin de dirigir mejor las mulas para el caso de que ocurriese algún ataque.

Los demás señores del séquito montaron á caballo, colocándose el Sr. Cañedo junto á la carretela al lado del Sr. Comonfort, del otro lado el Sr. Velázquez, y en seguida los señores Vergara y Rul. A poco andar llegaron al Molino de Soria, adonde sus dueños dieron la bienvenida al Sr. Comonfort, ofreciéndole su casa con el mayor afecto, pues creyeron que era su ánimo pernoctar en ella; pero grande fué su sorpresa cuando les dijo que seguía para Celaya, porque les pareció poca la fuerza que le escoltaba. Con este motivo le hicieron presente que á poca distancia se encontraban en acecho fuerzas enemigas, que podrían verse desde la azotea. El general despreció estos avisos porque le parecieron temores infundados, pues las fuerzas que se le anunciaban eran de rancheros mal armados con lanzas y machetes, para las que creía por lo mismo suficiente su fuerza, para contenerlos ó para batirlos si era necesario.

Los dueños del molino, interesándose por la seguridad del General, le indicaron que había una vereda á la izquierda del camino, por donde se podía evitar una emboscada, saliendo al llano, á donde podría defenderse con éxito y cargar la caballería, por ser de esta arma la fuerza que escoltaba el General. Este aceptó el consejo, y emprendió la marcha con su comitiva y escolta en el mismo orden en que había llegado allí.

El Comandante de la escolta dispuso que el Alférez C. José María Lara, se adelantase con cuatro exploradores á formar la descubierta, á cien pasos del carruaje, para no ocasionar polvareda.

El Coronel Cerda, que empuñaba las riendas, se pasó algún trecho de la entrada de la vereda, la cual no era muy ancha; pero cuando lo advirtió, lo comunicó al General, proponiéndole volverse para entrar en ella, quien lo rehusó para no perder tiempo.