I

Cuando encontramos en las hojas sagradas del Génesis que el Criador del Universo tomó un trozo de barro que sólo había recibido el peso de su augusta planta, forma al hombre, y con su aliento vivificador lo levanta á la altura de su destino, admiramos como hechuras del Omnipotente á esos séres que se levantan del seno obscuro de la humanidad y describen una elipse luminosa en el corto trayecto de su aparición á su muerte.

Dios ha impreso una marca sombría en la frente de los héroes; ellos ceden á la predestinación de su alto oráculo, y con la íntima convicción de su destino, aceptan el fuego del martirio, como la aureola de su glorificación histórica.

Dios marca el momento, y el hombre obedece, impulsado por el oleaje que lo lleva á las playas desconocidas de su porvenir; enciende en su cerebro la antorcha de la idea, y lo coloca en esa vía que conduce á la inmortalidad; desencadena su espíritu, lo fortalece, y se opera esa transubstanciación de un sér mezquino á un gigante que arranca un lauro á su siglo y una estrofa de gloria á la humanidad!

Nicolás Romero era uno de esos hombres, y sus glorias pertenecen al pueblo mexicano.

He aquí las páginas del Calvario de la revolución, trazadas por uno de los caudillos que hoy recibe en el extranjero los homenajes rendidos al patriotismo:

II

La Libertad es como el sol.

Sus primeros rayos son para las montañas, sus últimos resplandores son también para ellas.

Ningún grito de libertad se ha dado en las llanuras, como en ningún paisaje se ha iluminado primero el valle.