La alarma corría veloz como la electricidad, y todo el mundo se ponía en movimiento, y la población en masa emigraba á los bosques, llevando cada una de aquellas familias lo poco que podía de sus muebles y de sus animales.

Era un espectáculo tierno y sublime.

Las madres cargando á sus hijos, los hombres llevando á cuestas á los enfermos, las ancianas conduciendo con los niños y pesadamente los mansos bueyes y los corderos, las gallinas y los cerdos; todo en una inmensa confusión, pero sin gritos, sin sollozos, sin maldiciones; con la resignación de los mártires, pero con la energía de los héroes.

Y esa desgraciada muchedumbre se ponía en marcha muchas veces de noche, en medio del agua que caía á torrentes, y alumbrada apenas por hachas de brea, que la tormenta y el aire apagaban á cada momento.

Y así caminaban entre aquellos precipicios, como una procesión fantástica, resbalando en las lodosas pendientes, cayendo á cada instante, pisados, maltratados, estrujados, llenos de fango, hasta la orilla del bosque, en donde cada familia buscaba, no un abrigo, sino un lugar en que esperar la salida del sol y los acontecimientos del otro día.

Pero las invasiones y los combates se hacían más y más frecuentes.

Las tropas fieles de Toluca buscaron un asilo en Zitácuaro.

Apenas se pasaba una semana sin que los ecos del orgulloso cerro del Cacique, en cuya falda se extendía la población, repitiesen los gritos de «viva el imperio,» y con las detonaciones de la fusilería.

Las familias comenzaban á cansarse, pero no transigían con el enemigo.

Poco á poco fueron dejando abandonada la ciudad y retirándose á los pueblos y ranchos de Tierra Caliente, adonde el enemigo no había logrado aún penetrar.