Nicolás Romero escogió el Estado de Michoacán para teatro de sus hazañas.

El león de la montaña, como le decían los franceses, era un hombre como de treinta y seis años, de una estatura regular, con una fisonomía completamente vulgar, sin ninguna barba, el pelo cortado casi hasta la raíz, vestido de negro, sin llevar espuelas, ni espada, ni pistolas: con su andar mesurado, su cabeza inclinada siempre, y sus respuestas cortas y lentas, parecía más bien un pacífico tratante de azúcares ó de maíz, que el hombre que llenaba medio mundo con rasgos fabulosos de audacia, de valor y de sagacidad.

Y sin embargo, Nicolás Romero era para sus enemigos y para sus soldados un semidios, una especie de mito. Jamás preguntó de sus contrarios ¿cuántos son?; sino ¿dónde están?, y allí iba.

Romero tenía orden de escaramucear y retirarse después sin pérdida de tiempo para Tacámbaro.

Pero Romero era un valiente, y no se contentó con esto, sino que se batió un día entero con los franceses, y al otro emprendió su marcha.

III

Treinta leguas había caminado la división en cuatro días, y Romero determinó dar un día de descanso á la fuerza.

Estaban en una pequeña ranchería que se llama Papasindán.

El camino que había traído la fuerza, y que era el mismo que debía llevar el enemigo en caso de una persecución, era una vereda incómoda y en donde no cabían dos hombres de frente, escabrosa, y costeando la montaña; un ejército podía haberse descubierto desde una legua de distancia, que tardaría lo menos tres horas en atravesar, y con cien hombres podía cerrarse el paso á tres mil.

Esta es una cañada en medio de montañas elevadas, pero montañas sin árboles, sin verdura, sin vegetación. El ardiente sol de los trópicos calcina los peñascos que las cubren; la yerba que se atreve á brotar, muere como tostada por sus rayos, y apenas se descubren algunos arbustos raquíticos y sin hojas, retorciéndose á la viveza del fuego que parece circular en la atmósfera: ni aves, ni cuadrúpedos, ni aun insectos.