Todos los prodigios de valor habrían sido estériles contra el país levantado en masa proclamando la restauración de la República. Una á una fueron cayendo las ciudades en poder de las armas republicanas.
Querétaro era el lugar que absorbía la atención del gobierno, porque un fuerte ejército que mandaba en persona el archiduque Maximiliano era compuesto en su mayor parte de jefes de un valor á prueba, de una decisión enérgica. Bastaba que entre ese grupo estuviesen los generales Miramón y Mejía, para comprender que la lucha sería sangrienta, desesperada, heroica.
Dos meses de sitio en que hubo combates dignos de una memoria especial en la historia general del país, pusieron término á la lucha desigual entre sitiados y sitiadores. Estos tuvieron abundantes recursos que les enviaban de todo el país, abierto á su poder, mientras que en la ciudad faltaban los elementos necesarios para la vida.
Toda crisis política tiene su término, que es principio y fin de goces y sufrimientos. La ocupación de una plaza sitiada es una página de doble vista: para unos todo es vida, animación, alegría, gloria, poder, porvenir, lisonjas, plácemes, felicitación; para otros es un negro abismo.
La ciudad de Querétaro el 15 de Mayo de 1867, que fué ocupada por las fuerzas de la República al mando del general Escobedo, era para muchos un cementerio donde más que por la muerte misma, tenía el alma de la población una tristeza aterradora, porque era la tumba de mil esperanzas, el sepulcro de una época. Pudiera ser la de personas queridas......... y el misterio del porvenir arrojaba sobre el corazón sus negras sombras, que sólo disipa el curso de los acontecimientos elocuentes en su lenguaje, mudo para vaticinar el futuro, y poderoso para abrir el horizonte.
Al derrumbarse el imperio y caer el monarca en manos de los sostenedores de la República, la vida se contaba por minutos, y todos los que se deslizaban en la sucesión de las primeras horas, depositaban una esperanza de salvación.
Prisionero Maximiliano en el cerro de las Campanas, después de salir del convento de la Cruz, fué conducido á Querétaro por el general D. Vicente Riva Palacio. Las altas consideraciones con que este jefe lo distinguió, quiso corresponderlas el archiduque con alguna demostración, y dirigiéndose al general Riva Palacio, le dijo: «Permitidme, señor general, que os ofrezca al entrar á mi prisión mi caballo ensillado: recibidlo como una memoria de este día.»
*
* *
Una celda del convento de Capuchinas de Querétaro fué la prisión del príncipe Maximiliano. Humilde como todas las habitaciones de quienes hacen solemne voto de pobreza, aquella celda tenía que ser histórica. Edificada para recibir en su seno los suspiros religiosos de alguna alma que, rompiendo los vínculos de la tierra, sólo miraba en la eternidad la esperanza de su dicha, recogía hoy á un hombre que en su destino adverso tenía que mirar siempre al cielo como única fuente de donde podía venir al alma la luz, ó siquiera de ella un débil rayo sobre la obscuridad en que va la vida, que en todo su poder, en su pleno vigor, por todas partes tiene la imagen de la muerte, por todas partes la presencia de la agonía, que en todos los momentos oye la última hora que suena en el reloj de la conciencia.
Aquella celda, santificada tal vez años atrás por la vida pura de una mujer santa, iba á ser la capilla donde depositara sus últimas oraciones el descendiente de muchos reyes, el hermano del emperador de Austria, el hijo del archiduque Francisco Carlos José.