A la vuelta de algunos años ya era propietario de la Hacienda de Robles, en la cañada de Marfil. La constancia y hombría de bien aumentaron su capital. Pasó á ser rico y todo el mundo le llamaba don Jesús Santos Degollado. Tuvo una compañera, la señora Ana María Garrido, que parecía hacerle feliz. Dos niños llegaron pronto á alegrar el hogar: Nemesio Santos, el mayorcito, y Rafael.
Más tarde, el rico español veía caer sus negocios, antes prósperos, y descendía á la pobreza. Andaba por las calles de Guanajuato, socorrido por sus amigos, cuando le sorprendió la muerte en la miseria.
El cura de Tacámbaro, don Mariano Garrido, del Orden de San Agustín, antiguo capellán de un batallón y hermano del conocido fray Mucio, de Morelia, protegió á la señora Ana María Garrido de Degollado. Allí estaba con Nemesio y Rafael.
Rafael, flemático, silencioso y retraído.
Nemesio, nervioso, irascible y raquítico. Gracias á la bella forma de su letra, el cura le tenía metido lo más del día en la vicaría, levantando actas de matrimonio y escribiendo fes de bautismo. Don Mariano les daba un trato muy duro á los dos niños. Exigente para con éllos, cualquiera acción era pretexto para descargar su ira. Casi á fuerza hizo que se casara Nemesio con la joven Ignacia Castañeda Espinosa[5]. No contaban veinte años de edad.
Don Santos solía decir á su hijo Mariano:
—Cuando me casé tenía yo dieciocho años.
La pareja vivió al lado del sacerdote, quien, á pesar del cambio de estado de Nemesio, no modificaba su tratamiento insufrible.
Un día, aburrido el joven de que no era posible hacer llevadera aquella vida, se echó al hombro su capita de barragán y con una peseta en el bolsillo se fugó del hogar, dejando en Tacámbaro á su madre, á su hermano y á su esposa. Y tomó el camino de Morelia.
Al otro día, al obscurecer, llegó á la ciudad sin conocer á nadie, ni tener razón de nada. En una fonda, frente á la cárcel, pidió medio real de cena; en seguida dijo á la dueña del establecimiento: