—Señora, ¿me puede usted hacer favor de darme un lugar para dormir? Acabo de llegar, no conozco á nadie, no sé nada: es primera vez que vengo aquí.
La extrema bondad se le salía á la cara.
La señora se lo concedió sin vacilar.
Al otro día, destinó una pequeñísima parte del resto de su capital para comprar papel. Escribió, lo mejor que pudo, un pliego y se presentó en la notaría de don Manuel Baldovinos, situada en el portal de San José.
—Señor, esta es mi letra, ¿puede usted darme trabajo?
El notario vió de pies á cabeza al joven y luego paseó su mirada por el pliego, lleno de bonita, preciosa y clara letra.
—¿Esta es la letra de usted?
—Sí, señor, es mi letra—respondió humildemente Nemesio.
—Puede usted venir desde hoy mismo.
Y el fugitivo, muy pobre, sin más ropa que la que llevaba en el cuerpo, cubriéndose en la noche para dormir con la capita de barragán, comidas las mangas de la levita por el mucho apego á la mesa de la vicaría de Tacámbaro, y raídos los pantalones por el roce en la marcha, empezó á trabajar de escribiente en la notaría las mañanas, con el sueldo de cincuenta centavos diarios. Al poco tiempo, el doctor José María Medina, juez hacedor de diezmos y visitador del diezmatorio, que hacía préstamos de dinero bajo hipoteca, se presentó en la Notaría.