El sacerdote, satisfecho de la vida del joven, á los dos años le dió un empleo de escribiente en la sección de glosa de la Haceduría de las rentas decimales con la retribución anual de cuatrocientos pesos.
Allí se hizo idolatrar de los canónigos.
Entraba á las ocho de la mañana á la oficina y salía á las doce y media, y en vez de irse á paseo, se dedicaba al estudio: aprendía latín, griego, hebreo, francés, matemáticas, física, teología y se enseñoreaba de todo por su aptitud universal.
El general Medina, que es un retrato fiel de las virtudes de Nemesio, me decía á propósito de su genio:
—A mí me hizo creer en la ciencia infusa.
Era contador de la Haceduría don Luis Gutiérrez Correa, furibundo liberal, á quien el clero quería por su intachable manejo y tener en la punta de los dedos los números[6].
Distinguía al escribiente y procuraba que subiera escalón por escalón, para cederle su distinguido puesto.
Nemesio llegó á ser contador y mandó traer á su esposa. Por las tardes, que le quedaban libres, proseguía dedicándose con ahinco á todo: hacía gimnasia para desarrollar su cuerpo; estableció un taller de carpintería en su casa y fabricaba bateas y gavetas; aprendió á tocar la flauta y la guitarra.
En el Colegio de San Nicolás dió un gran concierto, para ministrar recursos al organista de la catedral, un tal Elízaga, que se encontraba cesante y pobre.
Nemesio y Pedro Vergara ejecutaron á maravilla en la guitarra unas variaciones difíciles de Vivián.