Un día, indignado el gobierno santanista, le puso en el cuartel, en compañía de un bandido muy valiente: Eustaquio Arias, que le adoraba.

Hubo vez en que estando preso el bandido, engrillado, á la vista de la guardia, hizo que se pronunciara el Cuerpo Activo de Morelia; echó abajo las rejas de la prisión, salió á la calle todavía con los grilletes puestos, que se los desclavaron los mismos soldados en el instante en que el general Ugarte intentaba, reducir al orden á la tropa sublevada.

Dió por muerto á Ugarte y con precipitación pasó sobre él, tomando el camino de Cuitzeo de la Laguna, para ir á defender las ideas liberales en Puruándiro.

Nemesio, en el torbellino de adversidades, no había olvidado el lugarcito aquel para dormir, que, á su llegada de Tacámbaro, le había dado de tan buena voluntad en su fonda la señora Josefa Saavedra, ó como la llamaba todo el mundo, doña Pepa la Moreliana, á quien regaló seis mil pesos, años más tarde[7].

Estrechado por las persecuciones de los santanistas, que no le daban punto de reposo, se alejó de la ciudad y de su familia, y estuvo distante de la que le dió el sér, de la señora Ana María Garrido, ó mejor dicho, Ana María Arcaute, su primitivo y verdadero apellido, que era de Roma.

El padre Garrido trajo á México, á la señora Arcaute, para que se curara de una peligrosa enfermedad. En junta de médicos fué desahuciada, y falleció después de haber recibido los auxilios espirituales de propias manos de tres obispos.

II

Un día amaneció Morelia entera preguntándose por don Nemesio Santos Degollado, por su querido gobernante en 1848 y 1857, que apenas tuvo tiempo para hacer bien y que había sido diputado á la asamblea departamental en 45, consejero de gobierno en 46 y diputado por elección unánime al Congreso General, en 55.

Unos decían que había sido desterrado por Santa-Anna á la Villa de Armadillo, San Luis Potosí. Otros, que se encontraba en México en la casa de don Valentín Gómez Farías, 2.ª calle del Indio Triste, número 7, esquina á la de Montealegre. Otros, que se había lanzado á la revolución, á defender el plan de Ayutla.

Pero levantó cabeza y se le vió de cuerpo entero en Tunguitiro, hacienda de don Epitacio Huerta, en Michoacán, lugar de cita de los liberales, donde se encontraban los coroneles Luis Ghilardi, Manuel García Pueblita y Epitacio Huerta, el comandante de batallón Régules y el comandante de escuadrón Refugio I. González.