Degollado ordenó que el comandante Refugio I. González fuera con cuatrocientos caballos. Allí se encontró con que ya eran coroneles los tenientes de ayer.

Vagando con muy buenas intenciones, don Santos Degollado vino á parar en Cocula. El enemigo le dió una sorpresa. Durante el tiroteo se acuerda de que no se había despedido de la familia que le dió hospedaje; entonces le dijo al general Huerta:

—Procure usted detener al enemigo, mientras regreso. Voy á despedirme de la familia y á darle las gracias.

—Señor, nos ataca con ímpetu.

—Sostenga usted el fuego. ¡Cómo va á ser que nos vayamos así, sin decirle adiós!

—Ya lo tenemos encima.

—Voy á despedirme. No vaya á decir que soy ingrato.

Cuando estuvo de regreso, el general Huerta había perdido un brazo.

Defendió el plan de Ayutla con una convicción apostólica, y llegó á ser gobernador de Jalisco en 1855.

Era su sueño dorado hacer la felicidad de su país y prácticas las leyes y la justicia, tales como debían ser en una forma de gobierno representativo popular. Decretó la abolición de las alcabalas.