—Pues ¿qué lotería ha de ser? ¡La de San Carlos!

—¡Ah, sí, á este señor le compramos el billete que guardamos detrás del espejo!—exclamó don Benito.

El premio fué de sesenta mil pesos, que se repartieron fraternalmente entre los cuatro, pagando hasta entonces cada uno á don Benito los dos pesos cincuenta centavos que les correspondía.

Cuando el golpe de Estado, don Santos Degollado no amaneció en su casa del callejón de la Olla. Partió á Michoacán para hacer que el poder ejecutivo del Estado reconociera al gobierno constitucional. Luego se dirigió al Sur de Jalisco, en Marzo de 1858, después de haber estado en un hilo la vida de Juárez, y la de los personajes que le acompañaban, en Guadalajara, por el pronunciamiento del 13, del mismo mes, acaudillado por Antonio Landa, quien recibió cinco mil pesos.

La última disposición de Juárez, cerca de Colima, antes de embarcarse, fué que don Santos Degollado sería Ministro de Guerra y que tenía el mando del Ejército y facultades omnímodas en los Estados del Norte y Occidente.

La tropa se componía de setenta y cinco infantes y veinticinco dragones. Se pudieron conseguir mil quinientos fusiles, y volvió don Santos Degollado a Guadalajara; pero en Junio, ya que había sitiado la ciudad, supo que Miramón se acercaba con tres mil hombres y catorce piezas de artillería, y cambió de propósito, regresando á sus posiciones del Sur. En Atenquique, el 2 de Julio, pudo verse que las fuerzas constitucionalistas de su mando estaban con alientos para obtener victoria, pues sostuvieron con el enemigo un combate del que pudieron salir completamente triunfantes.

Ese mismo mes se encontraba nuevamente don Santos Degollado en Colima, pertrechándose con esa fe y constancia que le caracterizaban para volver á la carga. Allí pareció descansar la tropa.

De los jóvenes jefes, ni uno solo perdió la alegría de la juventud. Cierta mañana se presentó á la casa de don Santos Degollado una celestina. En una mesa escribía el general Nicolás Medina y cerca de otra estaba de pié don Santos Degollado.

—Su excelentísima—habló la mujer al señor Medina.

—No soy yo—le dijo, haciéndole una indicación con el pulgar derecho encorvado.