Entonces, dirigiéndose á quien debía dirigirse:

—Su excelentísima, vengo á darle una queja.

—Diga usted, señora.

—Los jefes Rodríguez, Avila, Saviñón, Rosas Landa, Miravete, Salgado y Joaquín Moreno han ido á molestar á mis niñas, que no son gente de mal vivir, y me rompieron un espejo y un pabellón. Yo no puedo perder eso, excelentísimo señor. Mis muchachas entienden con buenas palabras, pero no así como éllos quieren.

A don Santos se le subió la sangre al rostro.

—¿Cuánto importa lo que le rompieron á usted, señora?

—Nueve pesos, su excelentísima.

Don Santos se dirigió á su recámara y de una bolsita de manta sacó la suma.

—Aquí tiene usted, señora: pero no haga usted escándalo. Perdónelos usted: son jóvenes. No lo volverán á hacer, se lo prometo. Yo los reprimiré. Vaya usted sin cuidado. No lo volverán á hacer. Perdónelos usted, se lo suplico.

La celestina recibió la cantidad y se fué muy satisfecha.