—¿Qué dice usted, Nicolacito? Esta es cosa de los mochos que me quieren desacreditar. De otro lo podía creer, ¡pero de Moreno que es casado!

Pero no todo fué contratiempos: el día 21 de Septiembre hizo que en Cuevitas pusieran pies en polvorosa las tropas de Casanova.

El 28 de Octubre capituló Guadalajara, mediante un tratado digno para los liberales. Se les garantizaba la vida á los jefes del enemigo.

Degollado y don Benito Gómez Farías, considerando la exaltación del pueblo, quisieron que el general José María Blancarte permaneciera en el palacio de gobierno.

—Quédese usted ahí, en esa pieza—dijo don Santos Degollado á Blancarte, ofreciéndole amablemente una pieza que seguía á la en que platicaban.

—Corre usted mucho riesgo—le manifestó Gómez Farías.

—Señores, mejor me lo llevo para mi casa—hizo observar el señor Antonio Alvarez del Castillo.

Y Blancarte se acogió á Castillo.

El coronel Antonio Rojas se presentó una mañana en la casa en que se hallaba Blancarte; hizo que sus soldados dispararan sus armas sobre él, y no satisfecho con haberlo matado, hubo uno que le machacó la cabeza á culatazos. El hecho llegó á oídos de don Santos Degollado. Primero no quiso creerlo; pero después que supo la realidad, le abandonó la calma, esa calma suya que hacía que no tuviese arrugas en la frente.

Quiso poner su renuncia de Ministro de Guerra y Marina y general en jefe del ejército federal. Los amigos le rodearon para convencerle de la inconveniencia del paso.