Y era la verdad: don Santos Degollado no tuvo otra mira en la revolución.
Siempre pobre, estaban primero sus soldados que él. Cuando había, los jefes sin distinción recibían un peso por cabeza; pero don Santos Degollado rara vez recibía sueldo. Lo poco que tenía, lo iba gastando con una economía proverbial.
Una botella de vino en la mesa, á la hora de comer, le inquietaba hasta la nimiedad.
Le decía al proveedor:
—No ponga usted vino en la mesa. Dirán que si para esto queremos los préstamos. Basta una comida sencilla sin estos lujos. Es preciso cuidar de los recursos del soldado y no verse obligado á gravar con mas contribuciones á los pueblos, que son los que pagan todo esto.
No quería ni que los jefes, en las ciudades ocupadas, fueran al teatro para que no dieran que hablar. Cuando llegaba su tropa á algún pueblo, prefería hospedarse en la casa consistorial que en una de familia, para evitar molestias. Muchas ocasiones sucedía que tras de larga jornada, en que el cansancio y el hambre estaban por matar á la tropa, al Estado Mayor y á él, se negaba caballerosamente á aceptar las ofertas que familias enteras le hacían al llegar á un punto.
—Excelentísimo señor, pase usted á la mesa con su Estado Mayor.
Gracias, mil gracias. No se molesten ustedes, señoras. Si ya comimos.
El general Ghilardi, que á las espaldas del jefe escuchaba la oferta y el rehusamiento, débil de cansancio, hambre y sed, como en realidad se encontraban todos, perdía su paciencia y cachaza de italiano, y respondía.
—Sí, señoras, moléstense ustedes: tenemos mucha hambre.