Y luego, volviéndose á sus compañeros, decía;

—Este don Santos no come, no bebe, no pasea, no nada.

La necesidad de sus fuerzas le obligó á dar su consentimiento para ocupar la conducta de Laguna Seca, de 1.100,000 pesos, y aun quiso que toda la responsabilidad cayera sobre él, en Septiembre de 1860.

Con este motivo decía en su manifiesto á la nación:

«Había reservado para mí y para los mios hasta la severidad mezquina, un nombre puro que legar á mi familia: pero un día la necesidad en nombre de mi causa llamó á mis puertas para pedirme ese nombre y entregarlo á la maledicencia, y yo consentí en entregarme como reo y sufrir ese suplicio peor que el martirio, porque en el martirio consuela la mano generosa de la gloria.»

Sólamente se le lanzó el anatema de todos los jefes, de Zaragoza, Huerta, Doblado, Valle, Ogazón y Aramberri, el 29 de Septiembre, al querer celebrar un proyecto de pacificación del país con el ministro inglés Mathew[9].

Juárez le destituyó del mando del Ejército.

Todo su pecado fué ese conato de proyecto, cuya alma era el evitar más derramamiento de sangre, en bien de la patria, y no en el suyo, como lo saben quienes le sobreviven y entre quienes hay muchos que le vieron humilde y pobre, como la pobreza y la humildad mismas.

Más de una vez el general Miguel Blanco le llegó á decir:

—¡Cómo, señor! ¿Usted mismo arreglando su ropa?