En la cárcel se les formó cuadro para fusilarlos. No esperaban más que los disparos, cuando logró salvarlos el general José Joaquín de Ayestarán.

Miramón mandó llamar á Berriozábal al palacio de Gobierno.

—Han caído en mis manos—le dijo Miramón.

—Ya lo veo—respondió Berriozábal.

—Los voy á fusilar.

—¿Para eso me llama usted? Está bien.

Miramón varió de tono y ordenó que le curaran la herida al general Berriozábal.

Temprano, el día 10, los prisioneros en un coche salieron entre filas, bien escoltados, de Toluca para México. Miramón se encontraba en el balcón de Palacio en el momento que pasaban.

Por la ventanilla del coche asomó una cara desconocida.

—¿Quién es ése?—preguntó Miramón desde el balcón.